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El Hermano Tharex viró su Stormtalon hasta situarla frente al edificio A-13 del centro residencial de Carei Este, donde los cultistas habían levantado varios puestos de artillería y colocado torretas automáticas de defensa de punto Tarántula que habían saqueado de los almacenes del Monitorum. En cuanto los sistemas de radares de las Tarántula lo detectaron, sus bólteres pesados gemelos desviaron su atención de la infantería de la Guardia Imperial que intentaba asaltar por las malas el complejo y procedieron a descargar una andanada tras otra de proyectiles contra la Stormtalon, si bien las maniobras evasivas que Tharex llevaba a cabo evitaban que su vehículo fuera alcanzado. Podía oír el zumbido de los motores, los ladridos de los bólteres pesados y el característico silbido que hacían las balas de bólter pesado al pasar a escasos centímetros de la cabina blindada.
El Hermano Tharex viró su Stormtalon hasta situarla frente al edificio A-13 del centro residencial de Carei Este, donde los cultistas habían levantado varios puestos de artillería y colocado torretas automáticas de defensa de punto Tarántula que habían saqueado de los almacenes del Monitorum. En cuanto los sistemas de radares de las Tarántula lo detectaron, sus bólteres pesados gemelos desviaron su atención de la infantería de la Guardia Imperial que intentaba asaltar por las malas el complejo y procedieron a descargar una andanada tras otra de proyectiles contra la Stormtalon, si bien las maniobras evasivas que Tharex llevaba a cabo evitaban que su vehículo fuera alcanzado. Podía oír el zumbido de los motores, los ladridos de los bólteres pesados y el característico silbido que hacían las balas de bólter pesado al pasar a escasos centímetros de la cabina blindada. - Aquí escuadrón Perno de los Martillos de Wikia al capitán Cruther del 127º de Cadia- Habló Tharex a través del sistema de comunicaciones de su vehículo- Despejaremos el edificio para que sus tropas puedan asaltar el complejo. Manténganse a cubierto. Corto y cierro. Ni siquiera esperó a la respuesta del oficial para ordenar a las otras dos cañoneras de su escuadrón que abrieran fuego sobre la estructura. Dos luces verdes parpadearon sobre el cuadro de mandos de la máquina, y Sauber y Treghert volaron cada uno hacia un extremo del edificio mientras los cañones de asalto de sus Stormtalon abatían una miríada de proyectiles al rojo vivo sobre los cultistas que disparaban desde las ventanas y los boquetes de las paredes. Los cohetes antiblindaje no tardaron en volar, y varias Tarántula estallaron con violencia, algunas desgarrando a los traidores que se encontraban cerca de ellas. Mientras los casquillos de bala usados caían en tromba hacia el suelo, humeando y calientes hasta el extremo, el escuadrón de cañoneras hacía leves cambios en su posición para esquivar los disparos de las cada vez menos torretas Tarántula y para conseguir mejores ángulos de tiro cuando sus objetivos se ocultaban. Las paredes estallaban y caían cuando eran agujereadas por infinidad de balas en una fracción de segundo, los mamparos metálicos que los cultistas habían colocado para defenderse y recubierto de sacos de arena no podían aguantar el brutal embite de los cañones de asalto, y, en apenas unos minutos, todos los cultistas que ocupaban en edificio A-13 no eran más que miembros sueltos o amasijos sangrientos y humeantes. Tharex hizo un barrido por la zona con el sistema de radares de su Stormtalon, y lo repitió tres veces para asegurarse, no en vano era conocido entre sus hermanos de la 6ª Compañía por su escrupolosidad y diligencia. Tras comprobar las lecturas que la pantalla le brindó al acabar el último sondeo, activó de nuevo el intercomunicador e informó al Capitán Cruther con voz uniforme e inalterable: - Edificio A-13 despejado, Capitán. Puede proceder a atacarlo con sus hombres, nosotros debemos continuar en otras zonas. Cruther grabó un mensaje de agradecimiento, pero para cuando lo quiso enviar, Tharex ya había cerrado el canal de comunicaciones y puesto en marcha junto al resto de su escuadrón hacia el este, de donde había recibido un mensaje de socorro encriptado psíquimante. Y el que lo había enviado no era ni más ni menos que Aresius Keltar, el bibliotecario jefe. Mientras él y sus dos hermanos de batalla volaban con velocidad por encima de las humeantes ruinas, pensó en qué demonios era tan poderoso como para impedir el avance de alguien como el bibliotecario jefe. Casi sin darse cuenta, sintió un escalofrío y se sorprendió a sí mismo apretando los dientes y estrechando los ojos, intranquilo. Abrió los canales de comunicación con Sauber y Treghert mientras viraban hacia estribor para sortear un gran rascacielos en llamas que se caía poco a poco, piedra a piedra: - Sauber, Treghert, mantened los áuspex al máximo y las armas preparadas, no sé que hay en la posición del bibliotecario jefe, pero si los está reteniendo a él y a su destacamento...es posible que sea algo poderoso. Muy poderoso. - No exageres- Respondió Sauber- Lo más probable es que haya blindados o demasiados enemigos como para que se ocupen de ellos. Si hubiera algún demonio, o lo que sea en lo que estés pensando, se hubiera comunicado por el canal general. Tharex se encogió de hombros, admitiendo que quizá hubiera exagerado algo su teoría: - Puede, pero nada es seguro. Estad preparados de todas formas. - Eso siempre- Respondieron los otros dos Astartes al unísono- ¡Forjaremos una nueva era! ++++++++++++++++++++ Meronus amartilló su bólter tras insertar un nuevo cargador en él, y se levantó, saliendo así de su cobertura (un transporte de tropas destruido y que apenas podía contener las andanas del enemigo), y disparó a un trío de cultistas que asomaron por una ventana del edificio que se encontraba justo enfrente de él. Una descarga de cinco disparos barrió de lado a lado el quicio de la ventana, arrancando pedazos de rococemento y extremidades por igual. Los cultistas cayeron de espaldas en un charco de sangre., fulminados y mutilados, humeando. - ¡Samael, mantén el ritmo! ¡El hermano Tharex y su escuadrón llegarán pronto!- Exclamó Keltar mientras su aprendiz mantenía con gran esfuerzo el escudo que protegía a los Astartes de los ataques de los heréticos. Los disparos llovían sin pausa desde todos los lados posibles, pues un grupo de Guardias Imperiales renegados había emboscado a Keltar y sus hombres, y los había inmovilizado con una salva tras otra de disparos y tres cañones automáticos que castigaban sus posiciones sin parar. De vez en cuando la protección psíquica de Samael flaqueaba, y algunos proyectiles de cañón automático y ráfagas de láser llegaban a las posiciones de los marines, agrediendo con furia su cobertura, tras la que con tanto empeño se cubrían. Aresius gruñó y agotó los diez disparos que le quedaban al cargador de su bólter de asalto disparándolos contra uno de los emplazamientos de cañón automático que los renegados habían instalado entre los muros caídos de un edificio derribado, y que acababa de localizar a través del humo y las redes de camuflaje. La mayoría de los disparos erraron o se estamparon contra el escudo blindado que tenía el arma para proteger al artillero, pero tres de ellos, guiados psíquicamente por el bibliotecario jefe, abatieron al artillero y a su ayudante, arrancádole la cabeza a uno y destripando al otro. Wiremu disparaba su bólter pesado sin cubrirse, alzándose por encima de las ruinas como un mensajero de la muerte que no teme a nada ni a nadie, descargando una lluvia de plomo sobre todo lo que se movía y les disparaba. Los casquillos vacíos salían de la recámara de su arma a velocidades desorbitadas, y repiqueteaban varias veces al caer al suelo y rebotar contra el duro suelo de piedra cubierto de polvo y sangre. De vez en cuando, cuando el escudo telekinético de Samael parpadeaba y se extinguía durante una fracción de segundo, los disparos láser impactaban contra su armadura y quemaban la pintura de ésta, pero sin causar mella alguna en la ceramita. Arxeo ordenaba a gritos a sus hombres que cubrieran a Wiremu con sus disparos, pues él mantenía a raya a gran parte de los enemigos que les atacaban. Él había enfundado su pistola grav, pues sus objetivos estaban lejos de su alcance, pero no por ello se había amedrenado, y también bramaba amenzas y maldiciones contra aquellos que les emboscaban. Un nuevo avance de los traidores acosó el flanco derecho del grupo, y, antes de ser extinguido por las llamas combinadas de Lüdvar y Ahmed, varios de ellos fueron segados de cuajo por descargas casi simultáneas de bólter provenientes de la escuadra de Arxeo, si bien la mayor parte de su potencia de fuego se concentraba concentrada en los tiradores ocultos y las posiciones de armas pesadas. - ¡Keltar, maldita sea!- Gritó Arxeo al bibliotecario jefe, que había guardado su bólter de asalto y se preparaba para efectuar un ataque psíquico contra un guardia traidor que se había expuesto más de lo que le convenía- ¿Cuando llegarán las malditas Stormtalon? - ¡En breve, los siento cerca!- Respondió él mientras separaba en dos al hereje y hacía estallar sus granadas al mismo tiempo con sus poderes de telekinesia. Súbitamente, el escudo psíquico flaqueo durante más de un segundo y una ráfaga de cañón automático penetró dentro del perímetro Astartes. El desafortunado que recibió los proyectiles fue Wiremu. No sufrió. Su tronco y su cabeza estallaron en un amasijo de carne pulposa, huesos astillados y pedazos de ceramita resquebrajada y humeante. - ¡Hombre abatido!- Bramó Arxeo con rabia al mismo tiempo que disparaba con rapidez contra un grupo de cultistas que el radar integrado en su casco detectó a su derecha. Una veloz sucesión de disparos de su pistola grav abatió a tres de ellos, mientras que los otros dos fueron segados por una descarga del lanzallamas de Dibrianis. - ¡Recibido!- Exclamó Keltar, torciendo el gesto por la pérdida y dedicando una silenciosa oración al caído, al igual que el resto de Astartes que luchaban junto a él. Las salvas de proyectiles de alto calibre disparados por los cañones automáticos no cesaban, y cada vez había más rifles láser castigando el escudo de Samael, en cuya armadura rebotaban las descargas de láser que penetraban la barrera psíquica cuando se desvanecía por una fracción de segundo. Pero los Martillos de Wikia no se amedrenaron, y continuaron disparando una ráfaga tras otra de sus bólteres, destrozando la cobertura de los herejes y haciéndoles correr buscando el amparo de un lugar nuevo donde atrincherarse, quedando así expuestos a la letal puntería de los marines. - ¡Casi estoy sin munición!- Exclamó Meronus por encima de las órdenes de Arxeo y los ladridos de los bólteres. Tres o cuatro marines más dieron el mismo parte que él, y Ahmed y Lüdvar corrieron a cubrirse de una inminente lluvia de granadas que comenzó a caer sobre su posición. Arxeo gruñó y dio la orden de retirarse hacia una posición más segura, pero justo antes de que abriera la boca un incesante estruendo de detonaciones de bólter y gritos de los renegados llegó a sus oídos y a los del resto de Martillos de Wikia allí presentes. - ¿Qué demonios ocurre?- Exigió saber. - ¡No importa, aprovechémoslo!- Ordenó Keltar mientras comenzaba a alzar los ladrillos y cascotes del suelo para romper las armaduras y los cuerpos de los sorprendidos heréticos. El sargento ni siquiera perdió tiempo en dar la orden a sus hombres. Una incesante andanada de proyectiles de bólter, llamas y granadas llovió sobre sus enemigos, que cayeron con rapidez y en agonía. Una vez el repentino pero letal ataque hubo acabado, Keltar acudió a ayudar a Samael, que se desmayó durante unos segundos antes de que el sistema de soporte vital de su servoarmadura lo despertara de nuevo inyectándole varias dosis de estimulantes. Mientras tanto, Arxeo y sus hombres se dispusieron en círculo junto a los dos piromantes alrededor del Bibliotecario Jefe y el Telekinético. Cuando Samael se puso en pie, una enorme figura embutida en la gris servoarmadura de los Martillos de Wikia cayó desde uno de los edificios que los renegados habían usado como cobertura. - ¡Tesa!- Exclamó sorprendido Meronus al reconocer al Astartes, al que todos creían muerto- ¡Es Tesa! Aunque nadie volvió la cabeza de las zonas que cada uno vigilaba, estuvieron atentos al canal de comunicaciones.
 
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- Aquí escuadrón Perno de los Martillos de Wikia al capitán Cruther del 127º de Cadia- Habló Tharex a través del sistema de comunicaciones de su vehículo- Despejaremos el edificio para que sus tropas puedan asaltar el complejo. Manténganse a cubierto. Corto y cierro.
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Ni siquiera esperó a la respuesta del oficial para ordenar a las otras dos cañoneras de su escuadrón que abrieran fuego sobre la estructura. Dos luces verdes parpadearon sobre el cuadro de mandos de la máquina, y Sauber y Treghert volaron cada uno hacia un extremo del edificio mientras los cañones de asalto de sus Stormtalon abatían una miríada de proyectiles al rojo vivo sobre los cultistas que disparaban desde las ventanas y los boquetes de las paredes. Los cohetes antiblindaje no tardaron en volar, y varias Tarántula estallaron con violencia, algunas desgarrando a los traidores que se encontraban cerca de ellas.
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Mientras los casquillos de bala usados caían en tromba hacia el suelo, humeando y calientes hasta el extremo, el escuadrón de cañoneras hacía leves cambios en su posición para esquivar los disparos de las cada vez menos torretas Tarántula y para conseguir mejores ángulos de tiro cuando sus objetivos se ocultaban. Las paredes estallaban y caían cuando eran agujereadas por infinidad de balas en una fracción de segundo, los mamparos metálicos que los cultistas habían colocado para defenderse y recubierto de sacos de arena no podían aguantar el brutal embite de los cañones de asalto, y, en apenas unos minutos, todos los cultistas que ocupaban en edificio A-13 no eran más que miembros sueltos o amasijos sangrientos y humeantes.
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Tharex hizo un barrido por la zona con el sistema de áuspex de su Stormtalon, y lo repitió tres veces para asegurarse, no en vano era conocido entre sus hermanos de la 6ª Compañía por su escrupolosidad y diligencia. Tras comprobar las lecturas que la pantalla le brindó al acabar el último sondeo, activó de nuevo el intercomunicador e informó al Capitán Cruther con voz uniforme e inalterable:
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- Edificio A-13 despejado, capitán. Puede proceder a atacarlo con sus hombres, nosotros debemos continuar en otras zonas.
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Cruther grabó un mensaje de agradecimiento, pero para cuando lo quiso enviar, Tharex ya había cerrado el canal de comunicaciones y puesto en marcha junto al resto de su escuadrón hacia el este, de donde había recibido un mensaje de socorro encriptado psíquimante. Y el que lo había enviado no era ni más ni menos que Aresius Keltar, el bibliotecario jefe. Mientras él y sus dos hermanos de batalla volaban con velocidad por encima de las humeantes ruinas, pensó en qué demonios era tan poderoso como para impedir el avance de alguien como el bibliotecario jefe.
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Casi sin darse cuenta, sintió un escalofrío y se sorprendió a sí mismo apretando los dientes y estrechando los ojos, intranquilo. Abrió los canales de comunicación con Sauber y Treghert mientras viraban hacia estribor para sortear un gran rascacielos en llamas que se caía poco a poco, piedra a piedra:
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- Sauber, Treghert, mantened los áuspex al máximo y las armas preparadas, no sé que hay en la posición del bibliotecario jefe, pero si los está reteniendo a él y a su destacamento...es posible que sea algo poderoso. Muy poderoso.
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- No exageres- Respondió Sauber- Lo más probable es que haya blindados o demasiados enemigos como para que se ocupen de ellos. Si hubiera algún demonio, o lo que sea en lo que estés pensando, se hubiera comunicado por el canal general.
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Tharex se encogió de hombros, admitiendo que quizá hubiera exagerado algo su teoría:
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- Puede, pero nada es seguro. Estad preparados de todas formas.
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- Eso siempre- Respondieron los otros dos Astartes al unísono- ¡Forjaremos una nueva era!
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Meronus amartilló su bólter tras insertar un nuevo cargador en él, y se levantó, saliendo así de su cobertura (un transporte de tropas destruido y que apenas podía contener las andanas del enemigo), y disparó a un trío de cultistas que asomaron por una ventana del edificio que se encontraba justo enfrente de él. Una descarga de cinco disparos barrió de lado a lado el quicio de la ventana, arrancando pedazos de rococemento y extremidades por igual. Los cultistas cayeron de espaldas en un charco de sangre, fulminados y mutilados, humeando.
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Los disparos llovían sin pausa desde todos los lados posibles, pues un nutrido grupo de Guardias Imperiales renegados había emboscado a Keltar y a sus hombres, y los había inmovilizado con una salva tras otra de disparos y tres cañones automáticos que castigaban sus posiciones sin parar. De vez en cuando la protección psíquica de Samael flaqueaba, y algunos proyectiles de cañón automático y ráfagas de láser llegaban a las posiciones de los marines, agrediendo con furia su cobertura, tras la que con tanto empeño se cubrían.
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Aresius gruñó y agotó los diez disparos que le quedaban al cargador de su bólter de asalto disparándolos contra uno de los emplazamientos de cañón automático que los renegados habían instalado entre los muros caídos de un edificio derribado, y que acababa de localizar a través del humo y las redes de camuflaje. La mayoría de los disparos erraron o se estamparon contra el escudo blindado que tenía el arma para proteger al artillero, pero tres de ellos, guiados psíquicamente por el bibliotecario jefe, abatieron al artillero y a su ayudante, arrancádole la cabeza a uno y destripando al otro.
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Wiremu disparaba su bólter pesado sin cubrirse, alzándose por encima de las ruinas como un mensajero de la muerte que no teme a nada ni a nadie, descargando una lluvia de plomo sobre todo lo que se movía y les disparaba. Los casquillos vacíos salían de la recámara de su arma a velocidades desorbitadas, y repiqueteaban varias veces al caer al suelo y rebotar contra el duro suelo de piedra cubierto de polvo y sangre. De vez en cuando, cuando el escudo telekinético de Samael parpadeaba y se extinguía durante una fracción de segundo, los disparos láser impactaban contra su armadura y quemaban la pintura de ésta, pero sin causar mella alguna en la ceramita.
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Arxeo ordenaba a gritos a sus hombres que cubrieran a Wiremu con sus disparos, pues él mantenía a raya a gran parte de los enemigos que les atacaban. Él había enfundado su pistola grav, pues sus objetivos estaban lejos de su alcance, pero no por ello se había amedrenado, y también bramaba amenzas y maldiciones contra aquellos que les emboscaban.
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Un nuevo avance de los traidores acosó el flanco derecho del grupo, y, antes de ser extinguido por las llamas combinadas de Lüdvar y Ahmed, varios de ellos fueron segados de cuajo por descargas casi simultáneas de bólter provenientes de la escuadra de Arxeo, si bien la mayor parte de su potencia de fuego se encontraba concentrada en los tiradores ocultos y las posiciones de armas pesadas.
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- ¡Keltar, maldita sea!- Gritó Arxeo al bibliotecario jefe, que había guardado su bólter de asalto y se preparaba para efectuar un ataque psíquico contra un guardia traidor que se había expuesto más de lo que le convenía- ¿Cuando llegarán las malditas Stormtalon?
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- ¡En breve, los siento cerca!- Respondió él mientras separaba en dos al hereje y hacía estallar sus granadas al mismo tiempo con sus poderes de telekinesia.
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Súbitamente, el escudo psíquico flaqueo durante más de un segundo y una ráfaga de cañón automático penetró dentro del perímetro Astartes. El desafortunado que recibió los proyectiles fue Wiremu. No sufrió. Su tronco y su cabeza estallaron en un amasijo de carne pulposa, huesos astillados y pedazos de ceramita resquebrajada y humeante.
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- ¡Hombre abatido!- Bramó Arxeo con rabia al mismo tiempo que disparaba con rapidez contra un grupo de cultistas que el radar integrado en su casco detectó a su derecha. Una veloz sucesión de disparos de su pistola grav abatió a tres de ellos, mientras que los otros dos fueron segados por una descarga del lanzallamas de Dibrianis. 
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Las salvas de proyectiles de alto calibre disparados por los cañones automáticos no cesaban, y cada vez había más rifles láser castigando el escudo de Samael, en cuya armadura rebotaban las descargas de láser que penetraban la barrera psíquica cuando se desvanecía por una fracción de segundo. Pero los Martillos de Wikia no se echaron atrás, y continuaron disparando una ráfaga tras otra de sus bólteres, destrozando la cobertura de los herejes y haciéndoles correr buscando el amparo de un lugar nuevo donde atrincherarse, quedando así expuestos a la letal puntería de los marines.
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- ¡Casi estoy sin munición!- Exclamó Meronus por encima de las órdenes de Arxeo y los ladridos de los bólteres. Tres o cuatro marines más dieron el mismo parte que él, y Ahmed y Lüdvar corrieron a cubrirse de una inminente lluvia de granadas que comenzó a caer sobre su posición.
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Arxeo maldijo y dio la orden de retirarse hacia una posición más segura, pero justo antes de que abriera la boca un incesante estruendo de detonaciones de bólter y gritos de los renegados llegó a sus oídos y a los del resto de Martillos de Wikia allí presentes.
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- ¿Qué demonios ocurre?- Exigió saber.
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- ¡No importa, aprovechémoslo!- Ordenó Keltar mientras comenzaba a alzar los ladrillos y cascotes del suelo para romper las armaduras y los cuerpos de los sorprendidos heréticos.
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El sargento ni siquiera perdió tiempo en dar la orden a sus hombres. Una incesante andanada de proyectiles de bólter, llamas y granadas llovió sobre sus enemigos, que cayeron con rapidez y en agonía. Una vez el repentino pero letal ataque hubo acabado, Keltar acudió a ayudar a Samael, que se desmayó durante unos segundos antes de que el sistema de soporte vital de su servoarmadura lo despertara de nuevo inyectándole varias dosis de estimulantes. Mientras tanto, Arxeo y sus hombres se dispusieron en círculo junto a los dos piromantes alrededor del Bibliotecario Jefe y el Telekinético. Cuando Samael se puso en pie, una enorme figura embutida en la gris servoarmadura de los Martillos de Wikia cayó desde uno de los edificios que los renegados habían usado como cobertura.
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- ¡Tesa!- Exclamó sorprendido Meronus al reconocer al Astartes, al que todos creían muerto- ¡Es Tesa! Aunque nadie volvió la cabeza de las zonas que cada uno vigilaba, estuvieron atentos al canal de comunicaciones.
 
[[Categoría:Relatos No Oficiales]]
 
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Revisión del 07:01 23 oct 2013

- ¿Está seguro de que es lo correcto, señor?

- De lo único de lo que estoy seguro es de la veracidad de la información, hermano.

El hermano Meronus activó el seguro de su rifle bólter y apretó los dientes cuando el transporte de combate Rhino dio un bandazo mientras cruzaba a toda velocidad los yermos parajes de las ruinas de la gran ciudad de Alcaria.

- No dudo de nuestros exploradores, y menos aún del hermano Kian- Replicó Meronus, dirigiéndose al venerable hermano Aresius Keltar, jefe del Librarium de los Martillos de Wikia- Pero desviar una escuadra táctica y cuatro miembros del Librarium del combate no me parece una buena idea.

Habló el sargento Arxeo, líder de la escuadra de Meronus.

- ¡A callar!- Su vozarrón eclipsaba fácilmente los estruendosos mugidos del motor del Rhino- No cuestiones las órdenes del hermano Keltar. Si tenemos que recuperar una reliquia, no está de más desviar una pequeña fuerza de recuperación del combate si luego va a volver a la batalla- Hinchó el ancho pecho, con aire orgulloso- Nuestros hermanos son más que capaces de derrotar a esos desgraciados sin nosotros, así que deja de plantear quejas y prepárate para desembarcar.

Meronus sostuvo la mirada durante un segundo, inclinando casi imperceptiblemente su cabeza para mirar al ligeramente más bajo Astartes. Acto seguido, bajó la vista al suelo en señal de respeto. Arxeo miró a Aresius y asintió, dándole vía libre para hablar, pero el bibliotecario negó con la cabeza. No había nada que decir. La voz del piloto resonó en todo el compartimento de pasajeros, manando ruidosamente a través de los altavoces que había en las esquinas. Dos minutos hasta llegar a su destino. Todos los pasajeros del vehículo pusieron a punto sus armas y se prepararon para salir. En el otro Rhino, donde iban los bibliotecarios y el resto de la escuadra de Arxeo, las armas también fueron puestas a punto. Las orugas del vehículo pasaron por encima de los cascotes y el rococemento, aplastándolos bajo su peso mientras avanzaba con gran rapidez por lo que antes había sido la Plaza Tengúa, una gran plaza circular con una boca de metro en su centro, justo en frente de una estatua del General-gobernador Henreck Täffen.

- ¡En posición!- Avisaron ambos pilotos a su tripulación. - Bien, hermanos- Exclamó Arxeo mientras desenfundaba su espada sierra- ¡Ganémonos el honor de hacernos llamar siervos del Dios-Emperador! Un unánime ``¡Forjaremos una nueva era!`` se elevó de las gargantas de los otros trece Astartes.

Las puertas de los Rhinos cayeron contra el suelo con un sonoro golpe, elevando una nube de polvo a través de la cual los Astartes salieron, armas en ristre, listos para enfrentar una emboscada. Los bólteres barrieron toda la zona, y, al comprobar que nadie ocupaba ese lugar a parte de ellos, los marines comenzaron a avanzar hacia la boca de metro.

- Esperadnos aquí, hermanos, e informad de cualquier novedad- Ordenó Keltar a los pilotos de ambos Rhinos.

- Recibido, hermano, estaremos en contacto con el capitán Heldrom. Que El Emperador os proteja.

- Y a ti.

Los Astartes corrieron hacia lo boca de metro, oscura como las fauces de un demonio y en cuyo aire flotaban tanto el abundante polvo como un intenso hedor a pobredumbre. Y en cuanto entraron, pudieron percatarse de que además la sensación térmica era muy fría.

- Tesa- Arxeo miró a uno de sus hombres mientras activaba la visión nocturna de su casco- Comprueba que estamos solos.

El aludido asintió y, con celeridad, comprobó el áuspex. Tras cerciorarse de que no había ninguna compañía inesperada acechándolos, asintió de nuevo para comunicarle que, en efecto, estaban libres de peligro.

- Yo tampoco detecto nada- Confirmó Aresius. Acto seguido, apoyó su enorme y pesado martillo en su hombro derecho y miró a Arxeo- Vamos allá.

Con una respetuosa inclinación de cabeza, Arxeo desenfundó su ornamentada pistola grav y ordenó a sus hombres que le siguieran, pues ellos irían en vanguardia, mientras que Keltar y sus bibliotecarios ocuparían la retaguardia del grupo. Andaron por los gélidos túneles del metro durante varios minutos, y Arxeo ordenaba cada cierto tiempo a Tesa que comprobase su áuspex, a pesar de saber que Aresius también podía sentir la presencia de los enemigos. Sin embargo, llegados a un punto en el que el túnel se bifurcaba en dos caminos, los Martillos de Wikia se detuvieron a la señal de Arxeo, quien luego se dirigió a Aresius con visible irritación.

- El camino se divide en dos, hermano Keltar. Sugiero que cada uno vayamos con nuestros hombres por cada túnel. Mas, para su sorpresa, él negó con la cabeza. - No, tomemos el camino de la derecha. El de la izquierda acaba en un callejón sin salida tras cincuenta metros.

El sargento asintió repetidas veces con lentitud mientras decía:

- Claro. Excelente- Sonrió un poco- Nos ahorraremos mucho tiempo con tu telepatía- Miró a sus hombres y apuntó con su pistola hacia el camino de la derecha- ¡Hermanos, seguidme!

Sin embargo, no avanzó más, pues Aresius posó su mano izquierda sobre su mochila antes de que se diese la vuelta del todo.

- Pero- Comenzó- En el de la derecha se encuentran varios enemigos. Treinta, quizá cuarenta, no estoy seguro, la verdad. Están a unos sesenta metros, ocultos en agujeros y boquetes en las paredes de ambos lados, y juraría que se encuentra con ellos alguien de poder superior, muy probablemente un marine traidor. Así que, hermano, debemos entrar preparados para combatir y con la vista puesta en ambos flancos.

- Lo dicho- Rió Arxeo- Tu telepatía nos vendrá muy bien. No te preocupes, si estamos alerta no nos cogerán por sorpresa. - Que así sea. Arxeo se despidió del bibliotecario jefe y se dirigió hacia sus hombres. - ¡Dibrianis, enciende el lanzallamas!- Bramó- ¡Retirad los seguros! ¡Y Wiremu, tú y el bólter pesado a retaguardia!

Mientras Arxeo arengaba a sus hombres y comenzaba a penetrar bajo el umbral del túnel, Keltar mantuvo una breve conversación con sus bibliotecarios.

- ¿Y bien, maestro?- Fue Samael el primero en hablar, uno de los aprendices de telekinesia de Keltar.

- Hay varios enemigos en el túnel. Nos los encontraremos arpoximadamente al pasar los primeros sesenta metros tras entrar en él. Así que, iniciados, manteneos alerta- Señaló a Samael- Tú ve junto al hermano Arxeo y su escuadra táctica para protejerlos de los disparos en caso de que los heréticos cuenten con armas de gran calibre- Tras el asentimiento de su aprendiz, miró a los otros dos piromantes, Ludvär y Ahmed- Vosotros dos estad conmigo, cubriremos la retaguardia y nos ocuparemos de los enemigos a los que las armas de la escuadra táctica no puedan alcanzar.

Los tres Lexicanos asintieron y se apresuraron a ocupar sus puestos. Samael estuvo rápidamente situado junto a Arxeo, atento a cualquier movimiento que pudiera haber en el túnel, y los dos piromantes se colocaron cada uno a un lado de su bibliotecario jefe, un paso más adelante que ellos. El reducido contingente avanzó a través del frío túnel, y los ecos de no sólo sus pisadas, sino también el golpeteo de las pistoleras y portaequipos contra la ceramita, resonaron por toda la extensión del canal a medida que acortaban distancias con la posición de emboscada Infiel. Pero para su desconcierto, nada ocurrió al llegar a la zona de emboscada estimada.

- ¿Qué pasa?- Gruñó Arxeo, inquieto, y habló después por el intercomunicador de su casco- ¿No deberían estar por esta zona, Keltar?

Él no respondió, simplemente alzó una mano, y, de repente, una sección entera de siete metros de largo de la pared derecha estalló, lanzando ladrillos destrozados, humo y polvo por todos lados. Arxeo preguntó a gritos qué demonios le pasaba, pero el tableteo de varias ametralladoras resonó por todo el túnel, y Samael desplegó justo a tiempo una barrera psíquica para contener los proyectiles de calibre .50 que volaban hacia ellos.

- ¡Aquí están!- Ladró Arxeo al mismo tiempo que alzaba su pistola grav y disparaba contra los cultistas que comenzaban a salir de los boquetes de las paredes- ¡Acabad con ellos, hermanos, demostradles que sus Dioses no valen nada!

Los bólteres rugieron y vomitaron un proyectil tras otro sobre los cultistas, y los potentes disparos del bólter pesado de Wiremu no tardaron en partir por la mitad un cuerpo tras otro a medida que el Astartes barría las posiciones de ametralladora de los cultistas con letal y eficiente puntería. Dibrianis se adelantó un poco al resto de la formación y roció con una lengua de llamas a los herejes, que ardieron al instante y corrieron sin rumbo fijo hasta que cayeron uno tras otro al suelo, muertos, calcinados, humeantes. Uno de los rayos de la pistola Grav de Arxeo, verdes y delgados, impactó en el cráneo de un cultista, que al instante quedó reducido a poco más que un felpudo de carne y huesos destrozados rezumante de sangre al comrpimirse toda su masa contra el suelo. Otro disparo hizo lo mismo con el artillero de una de las ametralladoras, y un tercero prácticamente atomizó contra el suelo a otro cultista más.

Mientras la escuadra táctica hacía llover balas de bólter y llamas por igual sobre la masa cultista, que cada vez estaba más cerca de los marines, Aresius y sus dos piromantes se vieron sorprendidos por otro contingente caótico que les atacó por detrás. Keltar gruñó, no lo había detectado.

- ¡Arxeo!- Exclamó el bibliotecario jefe mientras se valía de sus conocimientos de la telekinesia para desmembrar totalmente a un grupo de siete cultistas que encabezaba la carga enemiga- ¡Nos atacan por la retaguardia, tendremos que mantenerlos a raya cada cual nuestro lado!

Arxeo no respondió, pero Keltar supo que le había oído y que estaba haciendo lo que le había dicho: mantener su posición a toda costa.

Lüdvar avanzó unos pasos, moviendo su mano izquierda en torno a su espada, la cual estaba comenzando a refulgir con un intenso tono anaranjado, y no tardó en estallar en llamas. En cuanto su arma estuvo ardiendo, el piromante encaró a los cultistas con su hoja y una abrasadora lanza de fuego recorrió las filas enemigas, partiendo por la mitad a los infieles y haciendo arder sus restos. La carga caótica continuó acercándoseles, pero Ahmed se quitó el casco y liberó una bocanada de fuego que creó un muro entre ellos y los herejes, algunos de los cuales se vieron envueltos en las llamas del muro ígneo y quedaron reducidos a cenizas en cuestión de segundos.

- ¡Acabad con ellos, hermanos!- Ordenó Aresius a sus aprendices mientras levantaba su bólter de asalto y abatía un diluvio de balas sobre los cultistas que había al otro lado del muro de llamas.

Antes de que el primer cartucho vacío cayera desde la récamara del bólter de asalto hasta el suelo, Ahmed y Lüdvar alzaron al unísono sus pistolas bólter e, infundiendo su poder en los proyectiles de sus armas, dispararon una bola de fuego tras otra, las cuales atravesaron de lado a lado a un cultista tras otro hasta que todos hubieran muerto.

La escuadra de Arxeo también había hecho su trabajo, y todos los nidos de ametralladora ardían, al igual que los destrozados cadáveres de los cultistas que habían osado cargar contra los marines. Una vez se cercioraron de que no quedaba nadie vivo, ambos grupos se juntaron de nuevo. Samael, sudoroso y jadeante debido al ingente esfuerzo que había tenido que hacer para mantener activo el escudo psíquico durante el combate, volvió junto a su maestro. Arxeo se dispuso a hablar, pero todo el túnel sufrió una sacudida y se vieron obligados a correr hacia la salida. El polvo y el barro se desprendía del techo junto a trozos de rococemento cada vez más grandes, y a cada segundo que pasaba el estruendo y el temblor eran mayores.

- ¡Maldición!- Chilló Arxeo- ¡Esto se nos cae encima, Keltar! ¿No podéis contenerlo?

Aresius gruñó y aumentó su velocidad:

- ¡Ya casi estamos, Arxeo, aprieta la marcha!

Corrieron con todas sus fuerzas, y el suelo se sacudió aún más por los imponentes pisotones de los Astartes. Sin embargo, antes de que todos pudieran salir del túnel, éste se desplomó finalmente, arrojando una nube de polvo y ladrillos pulverizados por su boca.

- Ha estado cerca- Jadeó Lüdvar.

Arxeo se quitó el casco y escupió al suelo.

- Y que lo digas. ¿Han salido todos?

Uno a uno, los Astartes fueron respondiendo, pero faltaba uno: Tesa.

- Ha debido quedarse sepultado antes de salir del todo- Murmuró Meronus.

- ¡Malditos mil veces sean esos adeptos del Caos!- Estalló Arxeo.

Keltar dio un paso hacia Arxeo y posó su mano izquierda sobre la gran hombrera del Mizenio:

- Tranquilidad, sargento, no ganamos nada dejándonos llevar por la ira. El hermano Tesa ha muerto, ya no noto su presencia, estoy seguro de ello- Frunció el ceño- Pero debemos seguir adelante, debemos recuperar la reliquia, enviarla a la Barcaza de Batalla y volver al combate. Y no hay tiempo que perder- Asió su martillo con más fuerza y echó a andar hacia el frente- Vamos, hermanos, tenemos una misión que cumpir.

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El Hermano Tharex viró su Stormtalon hasta situarla frente al edificio A-13 del centro residencial de Carei Este, donde los cultistas habían levantado varios puestos de artillería y colocado torretas automáticas de defensa de punto Tarántula que habían saqueado de los almacenes del Monitorum. En cuanto los sistemas de radares de las Tarántula lo detectaron, sus bólteres pesados gemelos desviaron su atención de la infantería de la Guardia Imperial que intentaba asaltar por las malas el complejo y procedieron a descargar una andanada tras otra de proyectiles contra la Stormtalon, si bien las maniobras evasivas que Tharex llevaba a cabo evitaban que su vehículo fuera alcanzado. Podía oír el zumbido de los motores, los ladridos de los bólteres pesados y el característico silbido que hacían las balas de bólter pesado al pasar a escasos centímetros de la cabina blindada.

- Aquí escuadrón Perno de los Martillos de Wikia al capitán Cruther del 127º de Cadia- Habló Tharex a través del sistema de comunicaciones de su vehículo- Despejaremos el edificio para que sus tropas puedan asaltar el complejo. Manténganse a cubierto. Corto y cierro.

Ni siquiera esperó a la respuesta del oficial para ordenar a las otras dos cañoneras de su escuadrón que abrieran fuego sobre la estructura. Dos luces verdes parpadearon sobre el cuadro de mandos de la máquina, y Sauber y Treghert volaron cada uno hacia un extremo del edificio mientras los cañones de asalto de sus Stormtalon abatían una miríada de proyectiles al rojo vivo sobre los cultistas que disparaban desde las ventanas y los boquetes de las paredes. Los cohetes antiblindaje no tardaron en volar, y varias Tarántula estallaron con violencia, algunas desgarrando a los traidores que se encontraban cerca de ellas.

Mientras los casquillos de bala usados caían en tromba hacia el suelo, humeando y calientes hasta el extremo, el escuadrón de cañoneras hacía leves cambios en su posición para esquivar los disparos de las cada vez menos torretas Tarántula y para conseguir mejores ángulos de tiro cuando sus objetivos se ocultaban. Las paredes estallaban y caían cuando eran agujereadas por infinidad de balas en una fracción de segundo, los mamparos metálicos que los cultistas habían colocado para defenderse y recubierto de sacos de arena no podían aguantar el brutal embite de los cañones de asalto, y, en apenas unos minutos, todos los cultistas que ocupaban en edificio A-13 no eran más que miembros sueltos o amasijos sangrientos y humeantes.

Tharex hizo un barrido por la zona con el sistema de áuspex de su Stormtalon, y lo repitió tres veces para asegurarse, no en vano era conocido entre sus hermanos de la 6ª Compañía por su escrupolosidad y diligencia. Tras comprobar las lecturas que la pantalla le brindó al acabar el último sondeo, activó de nuevo el intercomunicador e informó al Capitán Cruther con voz uniforme e inalterable:

- Edificio A-13 despejado, capitán. Puede proceder a atacarlo con sus hombres, nosotros debemos continuar en otras zonas.

Cruther grabó un mensaje de agradecimiento, pero para cuando lo quiso enviar, Tharex ya había cerrado el canal de comunicaciones y puesto en marcha junto al resto de su escuadrón hacia el este, de donde había recibido un mensaje de socorro encriptado psíquimante. Y el que lo había enviado no era ni más ni menos que Aresius Keltar, el bibliotecario jefe. Mientras él y sus dos hermanos de batalla volaban con velocidad por encima de las humeantes ruinas, pensó en qué demonios era tan poderoso como para impedir el avance de alguien como el bibliotecario jefe.

Casi sin darse cuenta, sintió un escalofrío y se sorprendió a sí mismo apretando los dientes y estrechando los ojos, intranquilo. Abrió los canales de comunicación con Sauber y Treghert mientras viraban hacia estribor para sortear un gran rascacielos en llamas que se caía poco a poco, piedra a piedra:

- Sauber, Treghert, mantened los áuspex al máximo y las armas preparadas, no sé que hay en la posición del bibliotecario jefe, pero si los está reteniendo a él y a su destacamento...es posible que sea algo poderoso. Muy poderoso.

- No exageres- Respondió Sauber- Lo más probable es que haya blindados o demasiados enemigos como para que se ocupen de ellos. Si hubiera algún demonio, o lo que sea en lo que estés pensando, se hubiera comunicado por el canal general.

Tharex se encogió de hombros, admitiendo que quizá hubiera exagerado algo su teoría:

- Puede, pero nada es seguro. Estad preparados de todas formas.

- Eso siempre- Respondieron los otros dos Astartes al unísono- ¡Forjaremos una nueva era!

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Meronus amartilló su bólter tras insertar un nuevo cargador en él, y se levantó, saliendo así de su cobertura (un transporte de tropas destruido y que apenas podía contener las andanas del enemigo), y disparó a un trío de cultistas que asomaron por una ventana del edificio que se encontraba justo enfrente de él. Una descarga de cinco disparos barrió de lado a lado el quicio de la ventana, arrancando pedazos de rococemento y extremidades por igual. Los cultistas cayeron de espaldas en un charco de sangre, fulminados y mutilados, humeando.

- ¡Samael, mantén el ritmo! ¡El hermano Tharex y su escuadrón llegarán pronto!- Exclamó Keltar mientras su aprendiz mantenía con gran esfuerzo el escudo que protegía a los Astartes de los ataques de los heréticos.

Los disparos llovían sin pausa desde todos los lados posibles, pues un nutrido grupo de Guardias Imperiales renegados había emboscado a Keltar y a sus hombres, y los había inmovilizado con una salva tras otra de disparos y tres cañones automáticos que castigaban sus posiciones sin parar. De vez en cuando la protección psíquica de Samael flaqueaba, y algunos proyectiles de cañón automático y ráfagas de láser llegaban a las posiciones de los marines, agrediendo con furia su cobertura, tras la que con tanto empeño se cubrían.

Aresius gruñó y agotó los diez disparos que le quedaban al cargador de su bólter de asalto disparándolos contra uno de los emplazamientos de cañón automático que los renegados habían instalado entre los muros caídos de un edificio derribado, y que acababa de localizar a través del humo y las redes de camuflaje. La mayoría de los disparos erraron o se estamparon contra el escudo blindado que tenía el arma para proteger al artillero, pero tres de ellos, guiados psíquicamente por el bibliotecario jefe, abatieron al artillero y a su ayudante, arrancádole la cabeza a uno y destripando al otro.

Wiremu disparaba su bólter pesado sin cubrirse, alzándose por encima de las ruinas como un mensajero de la muerte que no teme a nada ni a nadie, descargando una lluvia de plomo sobre todo lo que se movía y les disparaba. Los casquillos vacíos salían de la recámara de su arma a velocidades desorbitadas, y repiqueteaban varias veces al caer al suelo y rebotar contra el duro suelo de piedra cubierto de polvo y sangre. De vez en cuando, cuando el escudo telekinético de Samael parpadeaba y se extinguía durante una fracción de segundo, los disparos láser impactaban contra su armadura y quemaban la pintura de ésta, pero sin causar mella alguna en la ceramita.

Arxeo ordenaba a gritos a sus hombres que cubrieran a Wiremu con sus disparos, pues él mantenía a raya a gran parte de los enemigos que les atacaban. Él había enfundado su pistola grav, pues sus objetivos estaban lejos de su alcance, pero no por ello se había amedrenado, y también bramaba amenzas y maldiciones contra aquellos que les emboscaban.

Un nuevo avance de los traidores acosó el flanco derecho del grupo, y, antes de ser extinguido por las llamas combinadas de Lüdvar y Ahmed, varios de ellos fueron segados de cuajo por descargas casi simultáneas de bólter provenientes de la escuadra de Arxeo, si bien la mayor parte de su potencia de fuego se encontraba concentrada en los tiradores ocultos y las posiciones de armas pesadas.

- ¡Keltar, maldita sea!- Gritó Arxeo al bibliotecario jefe, que había guardado su bólter de asalto y se preparaba para efectuar un ataque psíquico contra un guardia traidor que se había expuesto más de lo que le convenía- ¿Cuando llegarán las malditas Stormtalon?

- ¡En breve, los siento cerca!- Respondió él mientras separaba en dos al hereje y hacía estallar sus granadas al mismo tiempo con sus poderes de telekinesia.

Súbitamente, el escudo psíquico flaqueo durante más de un segundo y una ráfaga de cañón automático penetró dentro del perímetro Astartes. El desafortunado que recibió los proyectiles fue Wiremu. No sufrió. Su tronco y su cabeza estallaron en un amasijo de carne pulposa, huesos astillados y pedazos de ceramita resquebrajada y humeante.

- ¡Hombre abatido!- Bramó Arxeo con rabia al mismo tiempo que disparaba con rapidez contra un grupo de cultistas que el radar integrado en su casco detectó a su derecha. Una veloz sucesión de disparos de su pistola grav abatió a tres de ellos, mientras que los otros dos fueron segados por una descarga del lanzallamas de Dibrianis. 

- ¡Recibido!- Exclamó Keltar, torciendo el gesto por la pérdida y dedicando una silenciosa oración al caído, al igual que el resto de Astartes que luchaban junto a él.

Las salvas de proyectiles de alto calibre disparados por los cañones automáticos no cesaban, y cada vez había más rifles láser castigando el escudo de Samael, en cuya armadura rebotaban las descargas de láser que penetraban la barrera psíquica cuando se desvanecía por una fracción de segundo. Pero los Martillos de Wikia no se echaron atrás, y continuaron disparando una ráfaga tras otra de sus bólteres, destrozando la cobertura de los herejes y haciéndoles correr buscando el amparo de un lugar nuevo donde atrincherarse, quedando así expuestos a la letal puntería de los marines.

- ¡Casi estoy sin munición!- Exclamó Meronus por encima de las órdenes de Arxeo y los ladridos de los bólteres. Tres o cuatro marines más dieron el mismo parte que él, y Ahmed y Lüdvar corrieron a cubrirse de una inminente lluvia de granadas que comenzó a caer sobre su posición.

Arxeo maldijo y dio la orden de retirarse hacia una posición más segura, pero justo antes de que abriera la boca un incesante estruendo de detonaciones de bólter y gritos de los renegados llegó a sus oídos y a los del resto de Martillos de Wikia allí presentes.

- ¿Qué demonios ocurre?- Exigió saber.

- ¡No importa, aprovechémoslo!- Ordenó Keltar mientras comenzaba a alzar los ladrillos y cascotes del suelo para romper las armaduras y los cuerpos de los sorprendidos heréticos.

El sargento ni siquiera perdió tiempo en dar la orden a sus hombres. Una incesante andanada de proyectiles de bólter, llamas y granadas llovió sobre sus enemigos, que cayeron con rapidez y en agonía. Una vez el repentino pero letal ataque hubo acabado, Keltar acudió a ayudar a Samael, que se desmayó durante unos segundos antes de que el sistema de soporte vital de su servoarmadura lo despertara de nuevo inyectándole varias dosis de estimulantes. Mientras tanto, Arxeo y sus hombres se dispusieron en círculo junto a los dos piromantes alrededor del Bibliotecario Jefe y el Telekinético. Cuando Samael se puso en pie, una enorme figura embutida en la gris servoarmadura de los Martillos de Wikia cayó desde uno de los edificios que los renegados habían usado como cobertura.

- ¡Tesa!- Exclamó sorprendido Meronus al reconocer al Astartes, al que todos creían muerto- ¡Es Tesa! Aunque nadie volvió la cabeza de las zonas que cada uno vigilaba, estuvieron atentos al canal de comunicaciones.