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Fahajad Al-Eroni, capitán de la quinta compañía de La Vanguardia, contempló su enorme figura en el espejo del elevador que le llevaba desde la parte más profunda de La Garra hasta la pista de aterrizaje del nivel siete. Era alto incluso para un Astartes, y su piel, pálida como la de todos los hijos del Primarca Corax, estaba recubierta de tatuajes rituales y viejas heridas. El pelo, negro como el crudo, lo llevaba corto, junto a una cuidada barba que recorría su fuerte mandíbula. Algunas cicatrices de cortes atravesaban su barba en determinados puntos de su mandíbula. 

Fahajad se alisó los pliegues inferiores de la túnica negra, era una costumbre que tenía. No le gustaba llevar túnica, prefería portar su servoarmadura, pero aquello era una cuestión de protocolo. Sus invitados podrían sentirse amenazados si él, como anfitrión designado por el Señor del Capítulo apareciera ante ellos vestido con su servoarmadura. Y lo último que necesitaba era aumentar la desconfianza.

Flexionó su mano derecha, un implante biónico grisáceo sobre el cual había sido continuado el tatuaje que llevaba en el antebrazo y el hombro. Estaba nervioso, pero no eran los mismos nervios que le asaltaban antes de una batalla, una sensación familiar y casi agradable. No, estaba nervioso de verdad.

Fahajad era joven para haber sido ascendido a capitán (ni siquiera tenía dos siglos de edad), y su aspecto físico así lo sugería también, pero su tamaño, sus tatuajes y la gran cantidad de cicatrices que surcaban su cuerpo imponían respeto a su manera, incluso más que una cara vetusta o una de apariencia sabia. El Señor del Capítulo, el venerable Luro Vanhause, había sido el anterior capitán de la quinta compañía, y había seleccionado a Fahajad para ser su sucesor. Había habido controversia acerca de este asunto, ya que había hermanos más veteranos que él, pero nadie dudó de la elección del Señor del Capítulo. Si él lo había elegido, tendría algún motivo.

El elevador llegó al séptimo nivel, y un enorme corredor de paredes, techo y suelo metálicos se extendió frente a él. Los siervos del Capítulo, acompañados por servidores, iban de aquí para allá, llevando a cabo sus tareas.

Fahajad vio a algunos de sus hermanos de batalla mientras caminaba por el pasillo que lo llevaría a la pista de aterrizaje. Lo saludaron con una sencilla pero respetuosa inclinación de cabeza, no querían que perdiera el tiempo, pues sabían que en aquel momento Fahajad no podía permitírselo.

Tras varias intersecciones y cruces de pasillos, Fahajad llegó al exterior, donde encontró una colosal plataforma de ceramita con forma de alas de cuervo extendidas. Sobre ella había varias lanzaderas Arvus, que transportaban suministros que los siervos del Capítulo descargaban, ayudados por servidores obreros. También había naves del Capítulo en la pista de aterrizaje: algunas cañoneras Stormtalon y una imponente Thunderhawk que el tecnomarine Aedrus, ayudado por sus servidores, estaba reparando.

Fahajad miró el reloj sub-dermal que tenía en la parte interior del antebrazo izquierdo. Las runas brillaron bajo su piel, indicándole que sus invitados todavía estaban a tiempo de no llegar tarde. Apenas unos segundos después, una Thunderhawk, roja como la sangre, apareció en el cielo nublado, atravesando las nubes. Algunos siervos desviaron la mirada durante unos segundos para contemplar la formidable cañonera, que cada vez estaba más cerca.

- Llegan puntuales- Murmuró Fahajad para sí, y sonrió- Algo es algo.

La gigantesca nave aterrizó con delicadeza en uno de los extremos de la pista, haciendo que la nieve que se había posado sobre ella saliera despedida en todas direcciones debido a la fuerza de sus motores. Fahajad echó a andar hacia el portón de acceso frontal de la Thunderhawk, ricamente decorado con un sutil relieve que representaba el icono del Capítulo de los Arcángeles Rojos, una gota de sangre con cuatro alas blancas, coronada por un halo de hierro. Las troneras también estaban decoradas con representaciones labradas en oro de lo que Fahajad supuso que eran mitos y leyendas del Capítulo. 

Con un rechinar mecánico, el pesado portón comenzó a bajar lentamente, y por el hueco, que cada vez se hacía más grande, Fahajad pudo ver un resplandor azulado, el de las lámparas del interior del compartimento de pasajeros. Cuando pudo ver lo suficiente, Fahajad discernió cuatro grandes figuras que se soltaban las abrazaderas del compartimento de pasajeros, sujetas a sus servoarmaduras. Libres de las sujecciones de seguridad, los cuatro Arcángeles Rojos caminaron hacia la salida de la Thunderhawk, y el capitán de La Vanguardia pudo ver sus servoarmaduras rojas y doradas, recargadas de decoración.

Identificó al que iba en cabeza como el capitán Tormentaroja, y junto a él iba el sargento veterano Azkael. Fahajad sabía que era la mano derecha de Gabriel. Tras ellos iban un vetusto Astartes vestido con una decorada armadura de explorador y otro más, que portaba una servoarmadura con piezas de la valiosa modelo Maximus. Fahajad supo que el explorador era Bóreas, que tenía mil años de edad, y que el otro era el sargento Cestus, impulsivo y aún algo inexperto a los ojos del capitán de La Vanguardia.

- Hermanos- Dijo Fahajad, llevándose el puño derecho al pecho a modo de saludo- Sed bienvenidos a La Garra.

Ellos correspondieron al saludo imitándolo y bajaron de la cañonera, que apagó los motores.

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