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- ¿Qué es eso?- Dijo uno de los operadores de radares de la estación.

- ¿Qué es el qué?

- Revisa 08/65-78.

- Voy- El operador desplazó el cursor de su radar hasta las coordenadas que su compañero le había dado, y abrió los ojos como platos- No puede ser. Flail, parece una flota, ¡Avisa al comandante!

El operador estuvo a punto de caerse de la silla.

- No hay ninguna flota esperada a esta hora en este lugar, ¿No?- Replicó.

- ¡Que llames al comandante ya!

Flail asintió haciéndole señas para que se relajara y conectó un canal privado con el comandante de la estación.

- Señor, hemos detectado algo en 08/65-78, y...

- ¡Se está acercando, está en 08/60-78!- Exclamó el otro operador. 

- Corrijo. En 08/60-79, señor. Parece una flota.

- ¿Una flota?- La voz del comandante sonó entrecortada por el comunicador- No había ningún acercamiento programado.

- Lo sabemos, señor- Contestó Flail, inquieto.

- Mándales un mensaje, llama al astrópata- Ordenó el comandante- Puede que haya habido alguna anomalía y no hayamos recibido sus mensajes. Y contacta con los artilleros, que preparen las torretas de todos modos, y el cañón Volcán lo quiero cargado.

- Señor, sí señor- Flail saludó aunque no estaba delante de él, y cerró el canal. Miró a su compañero- Avisa a los artilleros, que activen las torretas y armen el Volcán. Yo tengo que contactar con la flota.

- Flail- Murmuró el compañero- Está cada vez más cerca...

- Tú hazlo.

- Recibido- Replicó con rostro sombrío.

Pero cuando Flail conectó con los artilleros, la estación espacial reventó. 

Las naves de batalla abrieron fuego contra los restos, destrozándolos y acabando con los satélites cercanos, así como con las dos fragatas de la Armada Imperial que se encontraban en la zona y que plantaron cara a los invasores, aunque sus esfuerzos fueron en vano.

Las naves fueron destruidas sin causar daño alguno a los enemigos, y los restos fueron atacados por baterías láser para que no quedasen supervivientes. 

El ataque a Saleris acababa de empezar.

Saleris, hemisferio norteEditar

La soldado Tanya Dostrova se despertó cuando la primera bomba estalló dentro de su campamento. Uno de los barracones saltó por los aires, mandando placas de contrachapado y de acero por todos lados mientras una neblina verde de aspecto enfermizo surgía del cráter donde antes había estado el edificio. Un segundo después, cayó la segunda bombas, y después cayó el resto, golpeando con fuerza toda la base, que medía más de tres kilómetros de un lado a otro. 

Tanya saltó de la cama, alarmada y casi dormida. Buscó con la vista a alguien en el barracón. No había nadie. Se lebanto y se apresuró en ponerse las botas de combate, dejando de lado las grebas del regimiento. No había tiempo.

Mientras acababa de atarse la bota derecha, alguien entró en el barracón, abriendo la puerta de contrachapado con fuerza, golpeándola contra la pared. Tanya cogió su pistola y apuntó al recién llegado con ella, pero la bajó al darse cuenta de que vestía la armadura de caparazón ligero azulada y el uniforme de combate gris del regimiento. No pudo ver quién era porque su cara estaba oculta tras el yelmo de cristal anaranjado, pero lo identificó en cuanto vio los dientes pintados en la parte baja del casco, imitando las mandíbulas de un tiburón.

Era Viktor, uno de los miembros de su escuadra. Tras la puerta pudo ver humo mezclado con jirones de nubecillas verduzcas.

- ¡Viktor!- Exclamó, poniéndose de pie- ¿Qué está pasando?

- ¡Están atacando el campamento, Tanya, bombardeándolo desde la órbita! El coronel Lucian nos ha ordenado a todos que nos refugiemos en los búnkeres subterráneos.

- ¡Pues no sé a qué estamos esperando!- Tanya comenzó a correr, pero Viktor la paró con un gesto.

- Hay una especie de gas que sale de las bombas una vez ya han explotado. Creemos que es tóxico, ¡Así que ponte el casco!

La chica asintió, agarró su casco y se lo puso. Los cascos del regimiento contaban con respiradores. Echó mano de su pistolera y se la puso en el muslo derecho, y entonces se dio cuenta de que estaba en ropa interior, tal cual había dormido. Arriba llevaba una camiseta de tirantes, pero abajo solamente estaba vestida con las bragas grises de suministro estándar del regimiento. No importaba, al menos tenía las botas y el casco.

- ¡Vamos, vamos, vamos!- La urgió él, dándose un golpe en el pecho, donde ponía escrito en tiza: Orgullo nametheriano- ¡Muévete!

- ¡Que ya voy!- Tanya se cerró la correa de la pistolera y salió por la puerta a todo correr tras él.

En el exterior, el aire era cálido y seco, como de costumbre, pero las explosiones aumentaban aún más la temperatura, y si no fuera por el sistema de filtrado de sonido de su casco, Tanya hubiera acabado desorientada y casi sorda.

- ¿Quién nos ataca?- Gritó sobre los aullidos de las explosiones.

Viktor se agachó para evitar una plancha de acero al rojo vivo que saltó de un barracón cuando una bomba explotó sobre él.

- ¡Ni idea! Los astrópatas de las estaciones espaciales no responden, ni la flota, ni nadie en la órbita.

- Joder- Tanya tropezó con el casco humeante de un camarada soldado muerto e hizo esfuerzos por no caerse de bruces- Qué mal rollo.

- No me lo digas dos veces- Gruñó él.

Docenas de guardias imperiales salían a toda prisa de los barracones en dirección a los búnkeres subterráneos. Algunos iban con el uniforme completo, otros en ropa interior o de esparcimiento, pero todos llevaban puesto el casco por temor a los efectos del supuesto gas venenoso. 

Otro barracón reventó, este a algo más de quince metros de Tanya y Viktor, que cayeron al suelo por la onda expansiva. Tanya se levantó poco a poco, tosiendo.

- ¡Viktor! ¿Sigues vivo?- Exclamó.

- Creo que si...- Respondió él poniéndose en pie con un gruñido. Recogió su lanzagranadas del suelo y dio un bote por la sorpresa- ¡Eh, los del barracón, siguen vivos!

Pero su entusiasmo se cortó de repente cuando vio que no llevaban los cascos puestos, y que la nebilna verde inundaba el interior destrozado del barracón. Los soldados salían a trompincones del habitáculo, agitando las manos y haciendo violentos aspavientos, tosiendo con fuerza y gritando. El que iba en cabeza dejó de moverse, sus brazos cayeron, sin fuerzas, y la sangre manó a borbotones de su boca. La misma reacción sacudió a los otros siete, uno tras otro.

- Qué demonios...-Murmuró Tanya mientras las bombas seguían cayendo sobre la base y un grupo de soldados pasaba a todo correr por su derecha.

Los afectados comenzaron a andar con paso lento y tembloroso, profiriendo quejidos y gorgoteos mientras hilos de bilis amarillenta mezclada con su propias sangre y saliva que surgian de sus bocas y narices. 

- ¡Eh!- Les llamó Viktor- ¿Estáis heridos?

No hubo ninguna respuesta.

Tanya se adelantó a paso ligero repitiendo la pregunta, pero reculó cuando uno de ellos se abalanzó sobre ella, intentando agarrarla con sus manos, cuyas uñas estaban pudriéndose a un ritmo absurdamente rápido. Vio durante una fraccion de segundo su cara, de ojos muertos, amarillentos, sin pupilas, y con la mandíbula abierta goteando. Multitud de yagas comenzaban a abrirse paso por la piel del desgraciado, apareciendo desde dentro.

Tanya contuvo una náusea al darse cuenta de lo que estaba pasando.

- ¡No intentan matarnos con las bombas, sino convertirnos en estas cosas!- Gritó mientras se alejaba y corría hacia Viktor- ¡Mátalos, ya no son humanos!

Viktor dudó un segundo mientras miraba a sus antiguos camaradas soldados. Tanya bufó de frustración y disparó a uno de ellos con su pistola mientras abría las comunicaciones de su casco. 

- ¡Atención todo el mundo, el gas convierte a la gente en...algo! Intentarán matarnos, no podemos dejarlos con vida.

Hubo varias respuestas, y Tanya apagó el canal. No era momento para ponerse ha hacer de teleoperadora. Entonces oyó una explosión, y vio a Viktor con el lanzagranadas humeante, a la altura de la cadera. Tres de los soldados infectados habían quedado reducidos a masas de carne y huesos sangrantes erizadas de metralla, trozos de armadura y tela.

No podía verle la cara, pero Tanya sabía que estaba apretando los dientes. Era un gesto típico de él cuando estaba en aquellas situaciones.

Disparó de nuevo, y los otros infectados saltaron por los aires, enviando miembros cercenados en todas direcciones y dejando sus cadáveres mutilados y destrozados repartidos por el suelo. Miró a Tanya, que le hizo un gesto con la cabeza para que siguieran moviéndose. De entre el humo y la niebla tóxica que tenían a sus espaldas comenzaron a surgir figuras renqueantes y putrefactas que lanzaban quejidos y sonidos guturales al aire.

- ¡Larguémonos de aquí ya!- Dijo a voz en grito Tanya, disparando con su pistola a los infectados que acababan de aparecer.

- No sé qué siete infiernos está pasando- Gruñó Viktor, disparando otra vez y corriendo junto a su compañera de escuadra. 

- ¡Ni yo! ¡Pero sí sé lo que tenemos que hacer! ¡Correr y matarlos a todos después!

- Bien dicho.

La entrada a los búnkeres subterráneos estaba protegida por un par de posiciones con sacos terreros desde donde equipos de cuatro soldados abatían a todos los infectados que se acercaban junto a los supervivientes. Tanya había visto a cinco guardias más convertirse en aquellos monstruos mientras corría hacia el punto de reunión. Los sonidos que precedian a su transformación eran horribles, especialmente cuando vomitaban su propia sangre y bilis.

Atravesaron las compuertas blindadas justo cuando un nuevo equipo de fuego salía por ellas, con los rifles automáticos del regimiento cruzados sobre el pecho por las correas del arma y llevando en ambas manos cajas de munición perforante, estándar para todos los rifles de asalto del 189º Salerita. Después de ellos acudió a la carrera un equipo de armas pesadas cargando con un bólter pesado.

Lo último que Tanya vio antes de que se cerrase la puerta fue el resplandor de varios rifles U-43 al disparar, seguido de su típico sonido y el tintineo de los cartuchos de 7,62 mm vacíos al rebotar contra el suelo.

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Las luces se apagaron y todo se quedó a oscuras. Los murmullos inquietos y las respiraciones aceleradas de los demás soldados resonaron en la penumbra cuando se encendieron las luces rojas de emergencia de la sala. A pesar de la relativa seguridad del búnker, la estructura aún se sacudía levemente cuando los explosivos del bombardeo orbital detonaban contra la superficie del planeta.

Viktor se colgó su lanzagranadas Na-5GL, fabricado en Namether, al hombro y se apoyó sobre las rodillas para recuperar el aliento. Tanya lo miró divertida a través del cristal opaco del casco.

- ¿Ya estás cansado? Menudo flojeras- Dejó caer tratando de aliviar la tensión que la visión de los infectados había despertado en ellos- No te oía resoplar así desde el acondicionamiento básico.

Viktor se volvió y la miró, ya más recuperado, mientras señalaba el arma que tenía colgada.

- Ya me gustaría verte a ti cargando con este armatoste todo el día- Dijo él siguiéndole el juego. Todavía no quería pensar en qué clase de bombas podían transformar a las personas en aquellas cosas. Después añadió con cierto tono pícaro en su voz- Bonitas bragas por cierto.

- Es mucho más cómodo dormir sin los pantalones de combate- Contestó ella encogiéndose de hombros y llevándose ambas manos a las caderas- Deberías probarlo alguna vez.

- ¿Con Karen en mi litera? Ni lo sueñes- Rió.

Karen era otra soldado de su escuadra, la única mujer aparte de Tanya. En un instante se les pasaron las ganas de reírse. Pensar en sus compañeros soldados había terminado de quitarles el poco humor que les quedaba. Esperaba que estuvieran bien.

Un mensaje resonó de pronto por los altavoces de la sala y los comunicadores de los cascos. Viktor creyó reconocer la voz grave del Coronel Lucian.

- Atención, soldados. Iniciad de inmediato protocolos de descontaminación estándar- Ordenó- Dejad los uniformes fuera de las duchas. Cuando salgáis de allí se os hará entrega de nuevo equipo esterilizado. Corto.

Un par de compuertas metálicas se abrieron en la pared, una a cada lado de la sala. Tanya y Viktor se encaminaron rápidamente hacia la de la derecha, seguidos por un buen número de soldados.

Entraron en un vestuario con un mobiliario muy austero. Solo un par de bancos de plastiacero y una larga fila de taquillas del mismo material marcadas con un número. Todos ellos tenían una asignada por dicho número que sabían de memoria así que no tardaron mucho encontrar las toallas que estaban allí guardadas y los jabones especiales metidos en bolsas de plástico esterilizadas.

Se quitaron los cascos y dejaron sus viejos uniformes y todo lo que pudieran llevar encima dentro de las taquillas. Viktor dejó el lanzagranadas y la pistola que llevaba atada al muslo dentro del compartimento especial que había bajo la suya y se desvistió rápidamente. Tardó un poco más que Tanya pero ella lo esperó pacientemente hasta que entraron juntos en las duchas con el resto de sus compañeros.

Aquello no era nada del otro mundo, básicamente dos hileras de duchas unidas a cada lado de las paredes de color cal. Todos, hombres y mujeres se colocaron bajo una de las duchas y en un instante comenzó a salir el agua. Cada ducha estaba separada de las demás por un pequeño trozo de plástico translúcido que solo cubría lo imprescindible y en la pared, frente a la misma, se encontraba  atornillada una pequeña plancha para dejar el jabón.

De haber sido un ensayo, seguramente aquella situación habría estado llena de chistes picantes, alguna mirada indiscreta y buen humor, pero ahora mismo lo único que se escuchaba era los murmullos de preocupación que los guardias imperiales se dirigían unos a otros acompañado del repiqueteo del agua de las duchas al tocar el suelo.

- ¿Qué crees que era ese gas?- Preguntó Tanya a Viktor desde su lado de la ducha, ambos habían cogido sitio uno al lado del otro.

Su compañero tenía el cabello muy rizado de color pardo, un poco más largo que el peinado estándar del regimiento. No era un hombre especialmente velludo y tenía bastante poco vello corporal exceptuando algunas partes de su anatomía. Sus patillas se alargaban hasta unirse por debajo de la barbilla formando una poco poblada barba marrón clara que iba perdiendo densidad a medida que se alejaba de su lugar de origen.  

Él cerró los ojos castaños y apoyo la frente en la pared mientras se pasaba la pastilla descontaminarte por los músculos del torso, endurecidos y esculpidos por largas horas de entrenamiento y algunas batallas contra las incursiones Karglok que a veces atacaban el sector. Sobre los pectorales y la parte alta del abdomen tenía unas cuantas cicatrices por metralla que se había ganado tras lanzarle un proyectil del lanzagranadas que no explotó en su momento a uno de aquellos xenos y que estalló en el aire poco después del lanzamiento.

Viktor tuvo mucha más suerte que aquel lagarto gigante, así que los miembros de la escuadra solían apodarlo “Hombre de Antifrag” en recordatorio por aquel suceso y, sorprendentemente, a él le había gustado. Así que en cuanto pudo levantarse de la camilla del Medicae fue a tatuarse el nombre en la parte interior de los antebrazos.

- Sinceramente, no sé si quiero saberlo- Dijo él con gesto preocupado, añadió volviéndose hacia ella- ¿Crees que podría ser algo parecido a lo que ocurrió en Nieria?

- Ni idea- Contestó Tanya aclarándose el jabón del cuerpo- Por lo que oí no recuerdo que allí utilizaran un bombardeo orbital. Ni siquiera gas.

Su compañera era de ascendencia Vostroyana, aunque nativa de aquel mundo como él. Tenía unos vistosos ojos con un iris de un vivo color carmesí y se había teñido el pelo del mismo tono. Su cabello se encontraba muy recortado por el lado izquierdo de su cabeza, mientras que por el derecho el pelo liso le llegaba hasta los hombros. Tenía la piel de un tono pálido pero saludable y un cuerpo de curvas generosas con los músculos bien definidos.

En la espalda, sobre los omóplatos, tenía tatuada una Aquila Imperial con las alas extendidas y un código de barras en el hombro, como él. Una pequeña broma que solía hacerse a todos los nuevos reclutas del 189º Salerita durante el entrenamiento.

-Por lo que tengo entendido la cosa se puso muy fea. Incluso se mandaron Astartes- Siguió ella dándose otra enérgica pasada con la pastilla. A diferencia de muchos  lugares de Namether, en Saleris no había ese odio generalizado a los Marines Espaciales. Sencillamente les eran indiferentes- Hubo unos cuantos civiles supervivientes a los que se extrajo del planeta pero por lo demás…

No terminó la frase, aunque Viktor se imaginaba lo que venía a continuación. Apretó los dientes y terminó de lavarse, no quería tener ni una sola partícula de esa mierda por el cuerpo.

Estuvieron allí un rato más hasta que el agua se cortó, dando a entender que ya había pasado el tiempo reglamentario para la descontaminación. Se fueron secando con las toallas y salieron a otra sala donde encontraron sus nuevos uniformes. Una camiseta de tirantes gris clara que iba por debajo de una guerrera de color gris y los pantalones de combate del mismo color. Al lado se encontraban un par de botas militares negras y la armadura ligera de caparazón azulada. El casco se encontraba también allí.

Observo el número de serie y la talla y no se sorprendió al ver que era la misma armadura que había llevado puesta hacia unos instantes, aunque su inscripción de Orgullo Nametheriano se había borrado. Las ropas también despedían un fuerte olor a desinfectante y diversos productos químicos.

Comenzaron a vestirse rápidamente. Viktor y Tanya se ayudaron mutuamente para ajustarse los petos de la armadura. El resto resultaba fácil de poner, pero hacer que aquella parte en particular fuese cómoda de llevar era toda una odisea.

Recogieron sus armas, que se encontraban exactamente en el mismo lugar donde las habían dejado, tan relucientes por los ritos de purificación que parecían recién salidas de fábrica.

Él tenía lo mismo, su Lanzagranadas Na-5GL con cargador de tambor para ocho disparos y compatible con varios tipos de munición. Una pistola semiautomática Na-13 de suministro estándar, con cargador de doce disparos y un cuchillo de combate envainado en la bota. A Tanya se le añadió, además de su pistola reglamentaria Na-13 y el cuchillo, un rifle automático U-43 con cargador de treinta disparos, con munición perforante.

Comprobaron las armas y contaron la munición que les entregaron. Seguramente iban a tener que utilizarlas muy pronto.

- ¿Crees que pasará lo mismo aquí? Como lo de Nieria quiero decir- Preguntó Tanya mientras comprobaba la recámara del rifle.

Sonaba preocupada. No temerosa o asustada, sino más bien inquieta. Viktor sonrió mientras se echaba el lanzagranadas al hombro.

- Venga ya. ¡Claro que no!- Exclamó- Esto es Saleris, no Nieria, y nosotros somos Guardias Imperiales. Si podemos cargarnos a un Karglok a la carga seguro que podemos con un par de cadáveres gimoteantes. Como tú dijiste, volver y cargárnoslos a todos. Punto.

Tanya esbozó una media sonrisa traviesa.

- Sí, es verdad- Añadió señalando el lanzagranadas- Aunque espero que esta vez tu juguetito no nos deje tirados y tengas que salir corriendo con un proyectil defectuoso en la mano hacia una mole de carne y escamas para lanzársela.

- Oye no te pases. Eso era antes- Se defendió él- Aquel viejo trasto había pasado por una docena de especialistas distintos antes de que me tocara a mí. Creo que salí muy bien parado dadas las circunstancias. Esta de aquí mola mucho más- Concluyó dándole unas palmaditas al tambor de su arma.

Tanya soltó una carcajada por su reacción.

- Oh vamos, sabes que no lo decía en serio.

- Muy graciosa- Contestó él  mientras se ponía el casco, los colmillos de tiburón seguían allí al menos. Algo que no tendría que volver a pintar- Bueno, el bombardeo parece haber cesado, así que creo que será mejor que salgamos de aquí y veamos si el sargento y los demás están vivos ¿No te parece?

Tanya se colocó el suyo y jaló la palanca de su rifle metiendo una bala en la recámara.

- Vamos allá, Hombre de Antifrag.

- Bien dicho.

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Un oficial entró apresuradamente en el vestuario, vestido con su nuevo uniforme (los usados antes del bombardeo fueron quemados por si acaso) y la armadura corporal azulada del regimiento. Estaba armado con un rifle de asalto U-43 estándar del 189º Salerita, y a la espalda portaba la mochila de combate de tejido reforzado que se entregaba a todos los soldados del regimiento. La dorada insignia del teniente adornaba la parte superior de su manga derecha.

- Se ordena a todos los soldados capaces de luchar que salgan al exterior- Anunció- Los bombardeos han parado, pero el uso del casco es obligatorio por peligro a la exposición al gas tóxico que han desplegado en el campamento. Tendremos que conectar los sistemas de ventilación para librarnos de él, ¡Así que tenemos mucho por hacer, todo el mundo en marcha!

- ¡Señor, sí, señor!- Respondieron todos al unísono.

- Bueno, Viktor- Tanya se puso el respirador y cerró las protecciones de la mandíbula del casco a ambos lados del aparato. Apretó un botón en un costado de su casco y el yelmo de cristal naranja le tapó la cara- Me parece que esto se va a poner movidito enseguida.

- ¿Sí?- Se burló él- No me había dado cuenta.

Media hora después estaban junto a otros diez soldados tras la salida 32 del complejo de búnkeres subterráneos. Aquella zona daba directamente al centro del Medicae, donde los heridos y gran parte del personal médico había sido incapaz de escapar a tiempo. Se les daba por muertos...o algo peor.

Les habían entregado a cada uno una mochila de combate con dos recambios para las máscaras antigás de sus cascos y varios cargadores para sus rifles y pistolas, y se les había advertido de que habría un gran número de enemigos, por lo que la retirada era una opción más que recomendable si las cosas se ponían demasiado feas. 

Las puertas acorazadas comenzaron a abrirse lentamente con un chirrido metálico y un haz de luz iluminó a los guardias que iban en cabeza, que se movieron incómodos e inquietos. Un paisaje cubierto de cráteres quemados y barracones destrozados se extendió frente a ellos, con el centro del Medicae a menos de ochocientos metros, humeante y con algunas de sus paredes esparcidas por el suelo en forma de pedazos de rococemento. 

La puerta ya estaba casi abierta del todo.

Un chasquido casi simultaneo se produjo cuando los doce soldados retiraron los seguros de sus armas y apoyaron las culatas en sus axilas. Tanya tamborileó con sus dedos sobre el guardamanos de su U-43, nerviosa por salir afuera y combatir. Una neblina verde comenzó a filtrarse por el hueco que había dejado la puerta, y rápidamente rodeó sus pies y talones. 

Las puertas se abrieron del todo con un último chasquido de las abrazaderas al detener su movimiento y los doce guardias imperiales avanzaron en formación, apuntando a todos lados con sus armas. Alguien habló por el comunicador, y su voz sonó por los auriculares de los cascos de todo el equipo.

- Joder...la zona está destrozada. 

- ¿Y qué esperabas?- Contestó otro- Nos ha caído encima un jodido bombardeo orbital.

- Si nos hubieran disparado con las armas de bombardeo orbital nos habrían destrozado con el primer impacto- Comentó Tanya- Esas bombas no eran tan potentes...lo que querían no era matarnos con el bombardeo, sino convertirnos en esas...cosas.

- No contaron con las máscaras y los refugios subterráneos- Murmuró otro de los soldados.

- Imperio uno, bastardos enemigos, cero- Replicó Viktor. 

La visibilidad había quedado reducida a menos de cincuenta metros por el polvo, la arena y el gas tóxico, pero el áuspex del equipo había detectado medio centenar de contactos aliados que se estaban acercando.

- Eh, chicos- Avisó el encargado del áuspex- Tenemos refuerzos.

- ¿Supervivientes?- Preguntó alguien.

- Es lo más probable. No había equipos de limpieza en esta zona. Aparte de nosotros, es decir- Respondió Tanya- Será mejor que les hagamos una señal.

- ¡Eh!- Llamó uno de los soldados, y después dijo el santo y seña por el cual los soldados nametherianos se reconocían- ¡Namether victo!

Nadie respondió.

- ¡Namether victo!- Exclamó Viktor a la desesperada.

Tanya tamborileaba con sus dedos sobre la culata de su rifle, impaciente y tensa mientras Viktor daba gritos. Entonces tuvo una idea. Una horrorosa revelación.

- ¡Son bichos de esos!- Gritó de repente, y preparó el rifle de asalto- Llevan aún el uniforme y las identificaciones del regimiento...¡Por eso el áuspex cree que son aliados!

- Joder- Uno de los soldados levantó su arma- ¡Tiene razón!

Varias siluetas oscurecidas surgieron de la bruma verduzca, andando con dificultad, algunos de ellos con los brazos en forma de cruz o con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás. Emitían asquerosos sonidos gorgoteantes y gruñidos guturales acompañados de palabras en Gótico Bajo mal vocalizadas e incompletas. 

- ¡Fuego!- Exclamó el sargento Looh, que estaba al cargo del equipo.

Y varias ráfagas sonaron de repente, iluminando los alrededores con el resplandor naranja de los disparos. Las balas abrieron agujeros en la niebla cuando se pasaron de sus objetivos y se perdieron en ella. Cada vez aparecían más infectados.

Tanya apretó el gatillo y un disparo le voló media cabeza a una de las criaturas, pero siguió adelante, trastabillando por la fuerza del impacto. Otro disparo más le dio en el hombro, chocando contra la protección de la zona y rebotando hacia otro lado. Disparó otras dos veces más, penetrando el peto y atravesando su pecho. Una de las balas le reventó el corazón a la criatura, y del agujero de entrada salió un chorro de sangre que fue perdiendo intensidad poco a poco. Pero no dejó de seguir andando...

Con horror, Tanya vio que apenas había cuatro monstruos abatidos en el suelo, inmóviles. Los otros seguían adelante a pesar de haber recibido más de un disparo, y algunos en zonas vitales. Apuntó a la cabeza del infectado y la bala atravesó el visor de cristal del casco, después el cráneo, y partió su cerebro en dos. La sangre y los sesos manaron del agujero de golpe, empapando el visor del casco, y el cuerpo cayó al suelo entre espasmos. Sin corrientes eléctricas que su cerebro enviara a su cuerpo, estaba muerto. 

- ¡Hay que darles en la cabeza!- Informó gritando mientras disparaba una ráfaga que cruzó desde el pecho hasta la frente a otro infectado, que cayó de espaldas y se quedó ahí, sangrando abundantemente.

- O reventarlos en pedazos directamente- Viktor disparó su lanzagranadas y varias de las criaturas salieron despedidas en varias direcciones, separadas de la mayoría de sus miembros e intestinos. 

- Es otra opción- Se encogió de hombros Tanya y disparó a otro infectado.

Un par de proyectiles de fragmentación más volaron por los aires a una docena de seres, pero seguían apareciendo. El centro del Medicae estaba infestado de esas cosas. Mientras los doce soldados seguían disparando, manteniendo la posición, oyeron el rugir de un motor, y una nave de desembarco ligera aterrizó con gran rapidez a doscientos metros, quedando oculta por la nube de gases tóxicos y arena.

- ¿Y eso?- Exclamó uno de los soldados.

- No son refuerzos- Contestó Looh- Eso seguro.

- Genial, y yo que pensaba que esto no podía ir a peor- Se quejó Viktor mientras recargaba su arma.

Apenas unos segundos después, un disparo de láser decapitó a un soldado que Tanya tenía al lado. Un abanido de fuego láser salió de la niebla, creando ondulaciones en ella y haciéndola temblar y cambiar de forma. Otro soldado recibió un disparo y cayó al suelo tras volar un par de metros. Todo el equipo se agachó y lanzó andanadas en automático hacia la niebla mientras Viktor eliminaba a los últimos infectados que aparecían. 

- ¿Pero qué está pasando?- Chilló Tanya mientras disparaba en automático.

Antes de que acabase de hablar, un tercer soldado cayó al suelo, acribillado. Su rifle automático cayó a los pies de la chica. Tanya levantó una ceja al reconocer el arma. Era un modelo Impaler, muy raro de ver y de encontrar, pero contaba con un buen calibre y una letal bayoneta incorporada bajo el grueso cañón, y asegurada mediante tuercas y un cierre magnético. La hoja era de adamantio y había sido tratada para ser monofilo, un arma verdaderamente letal. Sin dudarlo, dejó de lado su rifle y agarró el Impaler. Pesaba más que su anterior arma, y abultaba más, pero la potencia de fuego y la pavorosa bayoneta merecían la pena. 

Levantó el rifle y disparó en automático contra un par de figuras que habían aparecido de repente a través de la bruma, disparando. El arma no tenía culata y poseía un gran retroceso debido a su calibre, pero Tanya controló bien la precisión. Uno de los dos recibió un disparo en pleno pecho que le reventó el peto y lo lanzó al suelo, muerto. El otro cayó de bruces cuando una ráfaga le arrancó la pierna a la altura de la rodilla, y uno de los soldados del equipo lo remató con su rifle. 

Tanya disparó a otro enemigo recién aparecido de la bruma y le arrancó el antebrazo derecho de un disparo. Otros dos le reventaron la caja torácica. Los gruesos cartuchos caían al suelo y rebotaban, dejando finas estelas de humo mientras ella seguía disparando.

- ¿Pero quiénes son estos? ¡Joder!- Gritó.

Y se le acabó el cargador. El arma comenzó a emitir chasquidos y Tanya lanzó una maldición. Entonces oyó el sonido de pasos a la carrera...muchos. Levantó la mirada y vio a una docena de enemigos cargando hacia ellos, blandiendo espadas y cuchillos largos y robustos. Algunos fueron abatidos por los disparos de su equipo...pero otros llegaron, y uno se le echó encima.

Tanya se puso de pie de golpe y agarró el rifle como si fuera una lanza. Empaló al agresor, y la hoja monofilo atravesó su coraza, gruesa y roñosa. Empujó al enemigo con fuerza, que cayó de espaldas pesadamente contra el suelo. Tanya lo remató clavándole la bayoneta en la garganta. 

Se fijó en su uniforme amarillento, casi marrón por la suciedad y en la coraza y las rodilleras y grebas metálicas (roñosas y llenas de simbolos obscenos que hicieron que Tanya se marease) Su cara estaba cubierta por un casco con un visor redondo en el centro, como si fuera un cíclope, y debajo de ese ojo había una boca metálica sin encías, parte de la máscara que había bajo el visor, que era de color amarillo. Reconoció las marcas y los símbolos como el icono de uno de los dioses del Caos, los que no deben ser nombrados. El dios de la plaga y la putrefacción. No sabía su nombre real ni quería saberlo, tan sólo pensar en su símbolo ya le causaba violentas arcadas.

- ¡Herejes!- Exclamó- ¡Son herejes!

- Razón de más para matarlos a todos- Respondió Viktor- ¡Ya me esperaba algo así!

Más disparos láser zumbaron a su alrededor, y seis soldados cruzaron la neblina y comenzaron a atacarles. Uno cayó al suelo, decapitado, y otro más murió cuando una ráfaga le atravesó el pecho. Cuando respondieron con sus rifles láser, un soldado del equipo de Tanya fue abatido, y su cuerpo se retorció en el suelo durante algunos segundos. 

Tanya agarró la bandolera de cargadores de su camarda caído, el que portaba el Impaler, y recargó su arma. Jaló la palanca de carga y lo disparó desde la cadera, segando a un herético, que se dobló sobre sí mismo al recibir una serie de disparos en el vientre, y cayó de cara al suelo, donde Tanya le pegó otro tiro, esta vez quebrando su casco y reventándole la parte superior del cráneo, haciendo que un surtidor de sangre empapase la arena. 

De repente se vio en el suelo, con el peto dañado y humeante. Un disparo láser le había acertado de lleno. Se levantó trabajosamente, con el pecho dolorido por la fuerza del impacto y agarró su rifle del suelo. Apuntó y mató a otro más de un impacto directo en el pecho.

Si aquello iba a acabar mal, estaba más que dispuesta a llevarse más de uno de esos cabrones con ella.

-¡Tanya, al suelo!- Gritó Viktor al tiempo que apuntaba con el lanzagranadas hacia la posición de los herejes. Su compañera se encontraba expuesta pero se agachó un poco sin dejar de disparar, haciendo que los soldados enemigos agacharan la cabeza para evitar que las pesadas balas del Impaler los destrozaran.

Viktor colocó su arma a la altura de la cintura y orientó el cañón hacia arriba en el ángulo justo. Apretó el gatillo y un proyectil de fragmentación surcó el aire formando una parábola para caer justo en medio de la posición enemiga. Una fuerte explosión retumbó haciendo saltar en pedazos a los herejes y disipando con la onda expansiva parte del enfermizo gas que lo cubría todo.

Echó a correr hacia Tanya, ya sin temor a que los soldados enemigos le dispararan. Un proyectil tan bien colocado o los habría matado o les habría dejado lo suficientemente jodidos como para darles una muerte lenta y dolorosa. Sinceramente, el esperaba que fuera la segunda.

-Hey ¿Estas bien? ¿Estas herida?- Le preguntó.

-No te preocupes el peto me ha salvado- Respondió ella mientras se ponía en pie, llevándose una mano a la zona del impacto, donde se veía una quemadura redonda que aun humeaba en la parte central del peto.

Él la ayudó a levantarse se reunieron con el resto de su escuadra. El Sargento Looh revisaba el áuspex  que le había arrebatado al cadáver de su operario caído. Al verlos llegar miró a Tanya a través del vidrio naranja de su casco.

-¿Se encuentra bien soldado?

Ella asintió.

-Sí, señor no es nada.

-Bien, tenemos un montón de esas cosas caminando hacia nosotros. Debe haberles atraído el tiroteo- Dijo a través del canal de voz de los cascos- Tenemos que buscar otra ruta para llegar a los sistemas de ventilación. Moveos. Paso ligero.

Se pusieron rápidamente en movimiento y echaron a correr por una de las calles laterales, pasando a través de uno de los barracones destrozados. Las camas, las taquillas, e incluso las paredes de plastiacero reforzado se encontraban destrozadas y fundidas en la mayoría de su estructura, dejándola totalmente al descubierto. En el interior podían apreciarse miembros humanos destrozados, seguramente por el impacto de la bomba. Al menos esos tenían suerte de no estar gimoteando por ahí cubiertos de llagas.

Cruzaron otros tantos barracones, alejándose del Centro del Medicae todo lo que podían. El sargento miró el áuspex una vez más observando como aparte de su propia escuadra no había más enemigos con el uniforme del regimiento.

-Estamos a doscientos metros de una de las centrales de control de la base- Informó.

-Desde allí deberíamos poder reactivar los sistemas de ventilación- Expresó otro soldado.

-Y entonces les daremos por culo a esos cabrones podridos- Comentó Tanya entre dientes.

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