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-¡Señorita Layla, la cena estará lista en cinco minutos!- gritó Sammia, la sirvienta.

-¡Sí! Ya voy.- le contestó ella inmediatamente.

Layla se encontraba corriendo por el lugar que le servía de zona de juegos, una extensa pradera repleta de flores silvestres y pequeños animales herbívoros. Esta localización idílica no era casualidad, su vivienda estaba allí. Ella vivía en una pequeña casa campestre de dos plantas, la cual habitaban ella, sus padres y Sammia, la criada. Corriendo, entró a la casa, para ver a su padre despellejando un animal; presumiblemente para comérselo.

-¿Has conseguido cazar algún Capraní?- le pregutó el padre, nada más ver a la niña. Los Capranís eran una especie de roedores comestibles, parecidos a ardillas.

-No papá. Hoy no he tenido la suerte de ayer.- dijo mientras sonreía alegremente.- Pero mañana...¡verás cómo consigo al menos diez! 

-Así me gusta. Y ahora ve a saludar a tu madre, que ha vuelto del pueblo. Y de paso ayúdala a ella y a Sammia a poner la mesa.

-¡Sí!

Como entró por la puerta trasera, no pudo ver a su madre, quién llevaba ya un par de días fuera. El pueblo más cercano se hallaba a unos treinta kilómetros, más allá del río que bajaba de las montañas que, para el asombro de Layla estaban siempre nevadas, ya fuese un caluroso verano como el último que había pasado hacía ya unas cuantas semanas.

En la cocina se encontraban Sammia y su madre hablando de las últimas noticias. Layla decidió acercarse con cuidado para así enterarse, ya que de otro modo le era imposible saber qué estaba pasando en el mundo más allá de la pradera. 

-No me diga...- exclamó Sammia.

-Eso dicen. El gobierno no está diciendo nada, pero por lo visto los soldados ya se están moviendo.- comentó la madre, para extrañez de Layla. Su madre comentaba siempre los últimos cotilleos del pueblo, pero siempre lejos de movimientos militares. La niña dedujo entonces que debía tratarse de un asunto de gran importancia, así que prestó atención.- Por lo visto se están produciendo combates en el norte.

-Que el Emperador sea justo con nosotros...xenos...aquí...

Layla había escuchado alguna que otra vez esa palabra, "xenos". Su padre le explicó que los "xenos" eran criaturas malvadas y deformes, que no seguían ni adoraban al Emperador y que no dejaban a las personas en paz. Eso era lo único que sabía, pero por lo visto era algo peor. Antes de sacar alguna deliberación más, su madre se percató de la presencia de Layla y se giró para verla, cortando así la conversación.

-¡Layla, mi vida!- le dijo ella nada más verla.

-¡Mamá, qué guapa estás!- exclamó la niña mientras se acercaba corriendo a darle un abrazo. 

Una vez acabados tan idílicos reencuentros, la familia decidió cenar de una vez por todas. Esta vez tocaba algo de carne de venado acompañada con una guarnición de tubérculos hervidos con salsa de setas, uno de los platos favoritos de Layla, quien babeaba solo con pensarlo. Cenaron los cuatro sin que saliera la conversación de los xenos, a pesar de que Layla no parara de preguntar sobre ello.

Layla había sido la primera en acabar de cenar, así que había llevado su plato a la cocina, cuando una extraña luz la atrajo hacia la ventana de la estancia, que daba al este, donde estaba el gran río. Estaba confusa, acababa de anochecer pero todavía se podía contemplar una fuerte luz en esa dirección, justo encima de donde estaba el pueblo. 

-Qué raro.- pensó inmediatamente.- Papá siempre me ha dicho que el sol se esconde por las montañas de nieve...

-Layla, ¿te pasa algo?- le gritó su madre desde el comedor, viendo que la joven estaba tardando demasiado.

-Mamá, ven aquí, tienes que ver esto.

Cuando su madre presenció aquella luz, estaba horrorizada, su hermosa y bronceada piel se puso pálida. Eso no podía significar otra cosa, los xenos habían llegado al pueblo.

-Layla; creo que es hora de que te acuestes, mañana tendremos que hacer muchas cosas.

-Pero mamá, quiero jugar con Sammia a las cartas...

-¡No!¡Layla, vete a la cama ya!- le gritó. Era muy raro que su madre le alzara la voz, así que decidió hacerle caso para no hacerla enfadar más todavía. 

Mientras ella subía las escaleras para llegar a su habitación, decidió escuchar lo que estaba pasando. No podía quedarse sin saber el por qué su madre se había puesto de esa manera en un abrir y cerrar de ojos; así que en la curva de las escaleras se puso a oir toda la conversación, la cual había empezado segundos antes.

-Kithem.- dijo su madre.- No podemos quedarnos aquí hasta mañana, deberíamos irnos. Ya has visto lo que ha pasado en el pueblo. 

-No. No creo que por un día nos pase nada. Mira, Layla, Sammia y tú estáis cansadas. 

-No puedo permitir que esos xenos lleguen a casa y acaben con nosotros...o algo peor. No te puedes ni imaginar las cosas que he escuchado por ahí.

-¡Rumores! No tienes por qué hacer caso a esos desgraciados, sabes que les gusta exagerar las cosas. Haremos lo siguiente: id a dormir, yo haré guardia con el rifle durante toda la noche. Me he despertado hoy más tarde, podré aguantar. Vosotras id a dormir y por la mañana nos marcharemos hacia la ciudad. Tardaremos como mucho cinco días para estar a salvo, siempre que nos pongamos en marcha. Estamos muy apartados del pueblo, así que si apagamos las luces, los xenos no sabrán que estamos aquí. ¿Estás de acuerdo conmigo?

-Sí...Sammia, ¿qué me dices?- preguntó a la criada.

-Estoy de acuerdo con el señor Kithem. Deberíamos irnos mañana, tendremos tiempo de sobra.

-Bueno pues ya está todo dicho, id a la cama. Yo voy a por el viejo rifle. 

Cuando las dos mujeres empezaron a subir las escaleras, Layla se fue corriendo hacia la cama. No sabía exactamente lo que estaba pasando, pero algo dentro de ella le decía que era algo peligroso. Por suerte para ella, no pudo pensar mucho en la cama, ya que debido a un trastorno, eventualmente se quedaba dormida inconscientemente. En ocasiones suponía un severo problema, pero en este caso era una salvación.

Los rayos de sol atravesaban las claras cortinas hasta golpear en la cara de la joven, ya era por la mañana. Mientras se frotaba los ojos para despertarse, oía ruidos muy fuertes provenientes del piso de abajo. Rápidamente, se puso en pie y se deshizo de la intrincadan trenza que se hacía para dormir, dejando su melena suelta y a la altura de los homóplatos. 

Todavía en camisón, bajó cuidadosamente las escaleras para ver que tantos sus padres como Sammia estaban empaquetando cosas en grandes fardos que se amontonaban en la parte exterior de la casa.

-Sammia.- dijo ella, sin dejar de bajar escaleras.- ¿qué está pasando?

-Señorita Layla, tenemos que irnos.- dijo ella tranquilamente mientras guardaba delicadamente una lamparita de gran valor en una pequeña caja de madera.- Haremos un viaje a la ciudad. 

-Pero yo no quiero ir a la ciudad, le prometí a papá que hoy cazaría a diez Capranís.- argumentó la niña.

-Layla, ¿has visto alguna vez la ciudad?- comentó el padre, que acababa de entrar a la casa para coger más paquetes y llevarlos fuera. Tenía unas marcadas ojeras y un largo rostro de preocupación.- Es muy grande y bonita, y de vez en cuando se pueden ver grandes cajas que hacen mucho ruido y pueden volar. Esas cajas van a otros mundos. ¿Quieres ver esas cajas que viajan en el espacio?

-¡No! Quiero quedarme aquí y cumplir con la promesa que te hice ayer. 

-¡Tienes que venir con nosotros, niña!- volvió a gritar la madre, esta vez cogiéndola del brazo con fuerza.

Layla se zafó del apretón y salió corriendo hacia fuera, estando descalza y en camisón. La madre fue detrás de ella. La joven corrió todo lo que pudo para escaparse de su captora y cumplir la promesa que le hizo a su padre el día anterior. Una vez llegó al camino principal, se dio cuenta de algo, en la lejanía se podía ver a un grupo de hombres a caballo cabalagando hacia ellos. En el momento en el que ella los vió, la madre ya se había dado cuenta de su presencia momentos antes y se paró en seco a la vez que empezó a soltar lágrimas de alegría.

-¡Layla vuelve aquí!- le gritó el padre desde la entrada a la casa.- Ya me conseguirás los Capranís cuando volvamos, ¿vale?

En ese justo instante, el padre vio que su esposa se giró hacia él, y contempló una mirada llena de alegría y esperanza.

-¡Son ellos!¡Los soldados!- dijo la madre con alegre sonrisa.- Kithem, ellos nos ayudarán a escapar de los xenos. Ve a hablar con ellos.

El padre, al escuchar esas palabras, no cabía en su asombro. Toda su preocupación se había ido en cuestión de segundos. Él corrió hacia la mujer para abrazarla fuertemente mientras Layla desconocía qué estaba pasando y por qué se daban esos sentimientos contradictorios. 

-¡Layla, ve a casa y trae una jarra de agua, esos soldados estarán cansados!- le ordenó el padre, a lo que la niña reaccionó inmediatamente.- Hoy podrás conseguirme al menos...veinte Capranís.

Ella volvió a la casa y cogió la jarra más grande que todavía no estaba empaquetada, se dirigió al pozo de la parte trasera de la casa y la llenó hasta donde el agua ya rebosaba. Delicadamente para evitar el derrame innecesario de agua, caminó hacia donde estaban sus progenitores, ya hablando con los soldados.

Los soldados vestían extraños ropajes de color verde, lo que su padre llamaba "uniforme". Eran cinco en total y eran llevados por elegantes y gráciles caballos, dos de ellos negros y el resto de color castaño. Había uno de esos soldados que llevaba una ropa y un equipamiento diferente. El resto llevaba casco y unas armas, parecidas al rifle de su padre, al  hombro mientras que ese que vestía distinto iba con una gorra y con algunas medallas en su pecho. Su caballo, uno de los de color negro, tenía atada junto a la silla de montar una reluciente espada. 

-Bienvenidos caballeros.- dijo su padre, mientras Layla se acercaba por el camino hacia los soldados.- ¿Qué les trae por aquí?

-¿Cuántos son?- le respondió inmediatamente el que vestía de modo distinto, presumiblemente sería el jefe, pensó Layla.- Es...necesario saberlo.

-Ah, bien. Ya empiezan a evacuar, perfecto. Pues verá, estoy yo, mi esposa, nuestra criada Sammia y Layla, nuestra hija pequeña. 

-Excelente. Muchas gracias.

Sin decir nada más, el que vestía distinto sacó su arma, una pequeña pistola y apuntó al padre a la cabeza, apretando el gatillo instantes después. Layla dejó caer la jarra dado el estupor que sentía. El rojo de la sangre manchó el intenso verde de la pradera y el suave marrón del camino de tierra. Nada más ver el arma, la madre profirió un grito tan fuerte que sería escuchado hasta en las montañas nevadas. Justo después de dispararle al padre, su asesino disparó a la madre en el estómago, haciendo que cayera desplomada al suelo. 

-¡Buscad a la niña y a la criada!¡Nos llevaremos a las tres!

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