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El tacticiarum de la ‘’Espíritu Rapaz’’ rara vez estaba ocupado por alguien. Los comandantes de La Vanguardia preferían preparar sus despliegues y estrategias en el mirador de la cubierta superior, ya que gozaba de un gran espacio para colocar planos y proyectores holográficos. Pero ese día estaba ocupado por cuatro Astartes.

A Fahajad no le gustaba el tacticiarum. Era oscuro y estaba repleto de cogitadores y estanterías con pergaminos y placas de datos centenarias. Había una gran holomesa en el centro de la sala, que en esos momentos proyectaba en tonos anaranjados un mapa de La Garra, la fortaleza monasterio de su Capítulo. Cientos de pequeñas runas de diversos colores representaban a los defensores de ésta, y a los miles de orkos que la estaban asediando. Fahajad había observado que las runas se movían y desaparecían, a medida que las unidades se movían y eran destruidas o se perdía el contacto con ellas.

-   Aquí- Dijo con su voz cargada de acento- La Garra. El asedio es fuerte, así que nos desplegaremos a unos kilómetros tras la retaguardia de los pieles verdes para acercarnos sin peligro.

-  Los orkos nos atacarán con armas pesadas en cuanto lleguemos- Dijo el capitán Abhael Hellstorm, de los Arcángeles Rojos- Puedo liderar un ataque rápido con nuestras Stormraven y las escaudras de asalto para destruir las armas de asedio mientras atacáis por tierra. Con unas cuantas cargas de fusión en el lugar exacto debería bastar.

Fahajad miró durante un instante a Abhael. Era un individuo de ojos azules y pelo negro, excesivamente pálido y de expresión fiera. Tenía una gran reputación entre sus hermanos de batalla, pero a Fahajad no le parecía más que otro pretencioso salvaje orgulloso de algo que no era. Tampoco había entendido muy bien su idea.

-  Estaréis entre dos fuegos- Avisó súbitamente Kiskoros, dando voz a los pensamientos de Fahajad- Entre nuestro ataque por la retaguardia y el fuego defensivo de La Garra.

Kiskoros Sadaras, capitán de la cuarta compañía de La Vanguardia, era el más alto y corpulento de la sala. Su piel, casi gris, estaba surcada de tatuajes y cicatrices en igual medida, y los ojos color azabache contrastaban con su dermis de manera llamativa. Estaba enfundado en ‘’El Paladín’’, una servoarmadrua reliquia del Capítulo, cuyo sistema de soporte vital inundaba el torrente sanguíneo del portador con estimulantes y productos químicos que aceleraban su percepción y mejoraban su tiempo de reacción y su ya de por si formidable capacidad de regeneración. El peto tenía forma de torso humano, con los abdominales marcados, y el resto de la armadura era una formidable obra de arte, muy similar a la Mark IV ‘’Hierro’’ empleada por las Legiones Astartes en el pasado.  Kiskoros llevaba el casco al cinto.

-  Es muy arriesgado. No saldréis indemnes- Asintió Fahajad.

-  Somos hijos de Sanguinius, primo. El cielo es nuestro elemento. Sabremos arreglárnoslas- Respondió con aire desafiante Abhael, inclinándose ligeramente hacia adelante.

-  Aún así, deberíamos escuchar a nuestros hermanos capitanes- Intervino Gabriel con tono reconciliador- Los hermanos de asalto pueden sufrir bajas innecesarias, y las Stormraven podrían resultar dañadas.

Abhael abrió la boca como para contestar algo, pero finalmente la cerró y se guardó lo que iba a responder. Gabriel siguió hablando. Con el largo cabello rubio y el rostro menos agresivo que el de su hermano Arcángel, Gabriel parecía más templado que él, aunque Fahajad los tenía a los dos por impulsivos y orgullosos a partes iguales.

-  Hermanos, vosotros conocéis La Garra mejor que nosotros. Sus puntos fuertes y las zonas donde la defensa es menos rigurosa. Deberíamos tener en cuenta esas zonas para saber donde presionar a los pieles verdes para romper sus líneas y evitar el fuego amigo.

Fahajad señaló un punto en el holomapa.

-  El flanco Este de la formación orka queda alejado del alcance de La Garra- Explicó- Hay una gran cantidad de armas de asedio de fuego indirecto apostadas ahí. Es una ruta libre de fuego amigo.

-  Las defensas no abrirán fuego sobre vosotros si os ven salir de ahí- Apuntó Kiskoros.

-  Ya tenemos nuestro objetivo, hermano- Gabriel miró a Abhael- Yo presionaré desde tierra por esa misma zona y embestiremos la línea orka para facilitar la tarea de romper el asedio.

-  ¿Hay algún informe sobre el estado de las defensas? ¿Quién defiende la fortaleza monasterio?- Preguntó Abhael. 

Fahajad sonrió.

-  El Estratega.

Gabriel, levantó una ceja, visiblemente extrañado.

-   ¿Quién o qué es el Estratega? Según los informes, todo vuestro Capítulo está movilizado por el sector. No esperaba que hubiera alguien defendiendo La Garra.

-   El Estratega es uno de nuestros capitanes. Todo un maestro táctico- Kiskoros desplazó su peso de un pie a otro mientras hablaba con su poderosa voz.

-  Estaba destacado con parte de su compañía aquí cuando llegaron los orkos. De no ser por él, La Garra hubiera caído- Continuó Fahajad.

-  ¿Ha enviado algún informe?- Solicitó saber Gabriel.

-  Mira el holograma. Lo está transmitiendo él en estos momentos- Fahajad hizo un vago gesto con la barbilla en dirección al holomapa.

- Tiene su título bien merecido, sin duda.

 Entonces basta de palabras y empecemos- Abhael sonrió de manera feroz- No quiero esperar a que los orkos se maten ellos solos.

-  O a que nuestro hermano los diezme- Murmuró Fahajad mientras apagaba la holomesa.

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Fahajad se pasó el dedo índice por el puente de la nariz de manera inconsciente, rozando la cicatriz que iba de mejilla a mejilla, pasando por el apéndice. Estaba intranquilo. Había solicitado refuerzos para defender su mundo capitular, pero los Arcángeles Rojos no eran el apoyo que esperaba. Hubiera preferido unos cuantos regimientos de élite de la Guardia Imperial.

-  ¿Qué meditas, hermano?- Le preguntó Kiskoros mientras andaban por los pasillos metálicos de la nave.

-  Los Arcángeles tienen fama de buenos guerreros- Respondió él- Pero se nos va a hacer difícil cooperar con ellos. Son unos salvajes.

-   Y ellos piensan lo mismo de nosotros, hermano. Sólo espero que estén a la altura.

Fahajad se pasó dos dedos blindados por la corta barba, de un profundo color negro, como sus ojos y los de Kiskoros, y la mayoría de los hermanos de su Capítulo. Su piel no había empalidecido como era habitual en el proceso de conversión a Astartes de los descendientes de Corax, y era de un cálido tono moreno. Las cicatrices resaltaban en su piel, al ser el tejido cicatrizado más claro.

-   Lo estarán, hermano. Lo hicieron bien en Lachrima, lo harán bien aquí. 

- Más les vale- Bufó el capitán, dando pesadas zancadas- Stygia no puede caer.

- No lo hará, hermano. Por el Emperador que no lo hará.

Kiskoros soltó una risita burlona por lo bajo y apoyó su mano en el hombro de su hermano de armas.

- ¡Si las palabras ganasen las guerras, Fahj, ya serías el señor del Capítulo!- Aquello logró hacer sonreír a Fahajad- Pero se ganan con bólter y espada, hermano, y con coraje.

- Y suerte- Sonrió Fahajad.

- Y habilidad, hermano capitán- Intervino una voz.

Fahajad y Kiskoros se volvieron para encontrarse con Lucio Phagar, uno de los hermanos de batalla de la escuadra de mando de la quinta compañía, que acudía a su encuentro desde uno de los pasillos laterales. Lucio se acercó a ellos con zancadas rápidas y coordinadas haciendo que las cadenas y sellos de pureza que pendían de sus grebas tipo MK VI Corvus se agitasen. Su espada de energía, de hoja delgada y alargada, acabada en aguja, estaba enfundada a la cadera en su vaina de cuero negro decorada con trozos de pergamino, pero Lucio mantenía una mano sobre el pomo del arma. Llevaba el casco de combate MK IV Maximus sujeto entre la cara interior del codo y su peto, un modelo MK III Hierro con un aquila tallada en la placa pectoral. Inclinó el rostro, pálido, a modo de saludo, y un mechón de pelo color ónice le cayó sobre la frente. 

- Lucio- Saludó Fahajad- ¿Está la compañía preparada?

- Y entrando en los transportes, mi señor. 

Fahajad miró a Kiskoros. Ambos asintieron.

- Bien pues. No retrasemos más la batalla- Sentenció mientras se dirigían al hangar a paso ligero. 

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Los capitanes de los Arcángeles abandonaron el tacticiarum y caminaron por los pasillos de la barcaza de batalla en dirección al hangar, donde habían dejado a sus respectivas escoltas. Gabriel había aceptado la "invitación" de los capitanes de La Vanguardia para reunirse en aquel crucero y preparar la estrategia. Después de todo eran su planeta y sus gentes las que se encontraban en juego en aquella campaña, y más aún, su propia Fortaleza-Monasterio.

Gabriel volvió la mirada y sus ojos azules se encontraron con los de su hermano de batalla, de un tono algo más oscuro.

El rostro del capitán de la séptima compañía de asalto se encontraba contraído en un gesto de feroz desagrado, un rictus de impaciencia e impetuosidad que era bastante habitual en él. Aunque nunca se había mostrado tan evidente como en aquel momento.

- La Vanguardia- Abhael bufó y su armonioso rostro marfileño se torció en una mueca de disgusto- Si al menos fueran dignos de ese nombre...

- No deberías juzgarlos tan a la ligera, hermano. Yo los he visto luchar y son soldados excepcionales- Le reprendió Gabriel, aunque con un tono mucho mas calmado y relajado que el de su hermano capitán. Como si aquel tono de conversación ya fuera algo común entre ellos.

Aunque ambos guardaban una gran semejanza gracias a su parentesco genético, Gabriel le sacaba más de un siglo a Abhael. Ambos eran dos caras de una misma moneda. Una representación visual del alma dual del Capítulo y sus hermanos.

Abhael era un poco más bajo que el capitán de la tercera compañía, tenía un rostro apuesto y alargado, como todo hijo de Sanguinius, y unos labios carnosos y bien formados que ocultaban sus afilados colmillos. El largo cabello oscuro como ala de cuervo recogido por detrás de las orejas le caía desparramándose levemente en el interior de la gorguera de su servoarmadura. Las placas de ceramita rojas de su armadura se encontraban surcadas por elaborados adornos dorados y blancos que se entrelazaban formando espadas ensangrentadas y calaveras aladas en su superficie. En su hombrera derecha se encontraba el símbolo de su compañía, un cráneo con una gota de sangre sobre la frente, enmarcado con dos alas negras en forma de arco que contenían entre ellas el número siete en escritura gótica dorada. En la otra lucía el símbolo del Capitulo; una gota de sangre con dos pares de alas y coronada por un halo de hierro dorado.

A pesar de su aparentemente inmaculada belleza el rostro de Abhael estaba surcado de imperceptibles cicatrices ganadas en cientos de combates y duelos, apenas un par de tonos mas claros que el de su pálida piel, marcándolo como el guerrero feroz y arrojado que era. Aquello, unido a una mente despierta y de rápido pensamiento lo convertían en un líder perfecto para el estilo de combate que empleaba su compañía.

Abhael no perdía tiempo con palabras inútiles ni malgastaba su, ya de por si escasa paciencia, con elaboradas tácticas. Sus planes eran siempre sencillos y abiertos a múltiples modificaciones sobre el terreno que aprovechaban la gran movilidad de sus efectivos.

El aspecto de Gabriel era radicalmente distinto. Su cabello rubio y brillante se encontraba recortado a la altura del cuello y caía formando pequeñas lineas onduladas en las parte baja de su cabeza. Su rostro era similar al de Abhael y recordaba la misma estética genética de su Capítulo, pero también tenia un poco mas de color que el de su hermano de batalla, dándole una apariencia mas abierta y humana. Vestía una armadura artesanal con placas de ceramita dorada Infernus, grabada en forma de músculos en el peto, la placa abdominal y los brazos, cargados de adornos alados y con la iconografía del Capítulo en distintos diseños, que atrapaba la luz y la reflejaba como un espejo dándole una apariencia gloriosa en el campo de batalla.

Gabriel era la viva imagen del Arcángel Rojo en su madurez. Un guerrero que había aprendido de sus errores y había templado el fuego que ardía en su alma hasta formar una espada mortífera y equilibrada. Gabriel sabía ser diplomático cuando la situación lo requería sin dejar de lado su faceta guerrera ni su deber para con su Capítulo. Aplacaba su ansia natural de batalla con cautela y su orgulloso temperamento con planificación y paciencia.

- Son rapaces arrogantes y pagados de sí mismos, Gabriel- Rebatió Abhael, esquivando a un servidor mecánico que pasaba por allí- ¿Qué clase de hermanos de batalla vamos a ser si no valoran el sacrificio que estamos haciendo al venir a este sector dejado de la mano del Emperador cuando en el nuestro ya hay problemas más que de sobra?

- ¿Eso es lo que quieres, hermano? ¿Reconocimiento?- La abierta mirada de Gabriel se volvió dura unos instantes- Estamos aquí porque es nuestro deber defender el Imperio, Abhael. La gloria y el reconocimiento son solo una manera de recordar que lo hacemos.

- Lo sé, pero eso no significa que deba gustarme. Preferiría estar mil años en Khuldagar matando herejes que aquí, peleando por aquellos para los que no somos mejores que un mutante feudal- Contestó Abhael, aunque en voz más baja y con tono escarmentado.

- Dales tiempo. Entenderán- Aseguró Gabriel, colocando una mano blindada sobre la hombrera de Abhael y dirigiéndole una leve sonrisa conciliadora- Primero debemos ganarnos su respeto, hermano. Y la única manera de hacerlo es demostrarlo en el campo de batalla.

El rostro de Abhael se iluminó un instante de manera feroz y sus colmillos asomaron entre los labios.

- Entonces no tendremos demasiados problemas para hacerlo- Añadió, antes de observarlo de forma extraña- Ahora entiendo los rumores que circulan por la Torre Sanguine, Gabriel.

- ¿A qué te refieres?

- A los rumores de que el señor del Capitulo vea un sucesor mas claro en ti que en Marius.

Gabriel frunció el ceño.

- El hermano Kaledor es un gran guerrero y diplomático. Además, él es el capitán de la primera compañía, no yo- Respondió con tono gélido, visiblemente incómodo- Lord Tyberius lleva dirigiendo a nuestro Capítulo desde hace más de ochocientos años y sus habilidades son formidables. No veo porqué debería nombrar un sucesor, y menos ahora.

El tono de Gabriel dejó zanjada la cuestión, pero Abhael se permitió esbozar una leve sonrisa por ser él quien le hubiera encontrado las cosquillas a su hermano de batalla por una vez, aunque hubiese sido involuntariamente.

Finalmente llegaron al hangar donde los esperaban sus respectivas lanzaderas. Junto a cada una de ellas se encontraban sus escoltas y guardias de honor. Era costumbre que cada capitán acudiera a las reuniones con los aliados cada uno en su propio transporte, además de traer consigo a su guardia de honor para mostrar su autoridad y no socavar la de sus hermanos de batalla.

Gabriel habría preferido no hacerlo y traer solo a una fracción de su guardia de honor como gesto de confianza hacia La Vanguardia, pero debía admitir, muy a su pesar, que todavía no los conocía lo suficiente como para fiarse de ellos. Eran grandes guerreros y excelentes tácticos. Pero su carácter despectivo hacia otros Marines Espaciales le seguía pareciendo mezquino y sin sentido en una hermandad tan grande como era el Adeptus Astartes.

La escuadra Ángelus, el nombre táctico para su guardia de honor, se encontraba alineada allí donde los había dejado. Una figura envuelta en una elaborada armadura roja y con el servocasco dorado decorado con laureles se adelantó un paso cuando lo vio llegar. Sostenía un bólter con cargador de tambor mientras una espada de energía y una pistola bólter se encontraban unidas a su cintura por arneses magnéticos ricamente decorados. Se trataba de Azkael, uno de sus más veteranos sargentos y hermano de confianza. A pesar de su rango inferior, Azkael había dejado atrás el medio milenio de servicio hacía ya mucho tiempo. Y el capitán Tormentaroja siempre tenia los oídos abiertos a sus consejos.

- Capitán- Saludó el sargento veterano con un leve gesto de la cabeza- Me alegró de verle de nuevo. La escuadra estaba empezando a pensar que tendríamos que entrar a por usted.

- Tienen muy poca paciencia entonces, sargento- Sonrió Gabriel- Además, no hay nada que temer. Los guerreros de La Vanguardia son nuestros hermanos y aliados, Azkael. No corremos peligro aquí.

- Con todo el respeto a nuestros primos de la décimo novena legión, capitán. Ningún capitán debería dejar atrás a su escolta - Habló uno de sus guardias que llevaba un hacha de energía al cinturón y el rostro juvenil al descubierto, dejando su casco anclado al cinturón.

Gabriel se volvió hacia el miembro de su guardia que acababa de hablar. Cestus era joven para los estándares de su Capítulo y apenas sobrepasaba el siglo de servicio. Aún así, su valor y sus hazañas, lo habían hecho un digno integrante de la escuadra personal de Gabriel. La influencia de su capitán y de los hermanos veteranos habían amortiguado el espíritu combativo y la sed de combate de su juventud, pero aun así el joven Arcángel tenía mucho que aprender antes de alcanzar su máximo potencial.

- Tu celo es encomiable, Cestus, pero habría resultado un gesto bastante reprochable el que me reuniera con los capitanes de La Vanguardia con cinco guardias veteranos a la espalda cuando ellos vinieron solos.

- ¿Ya se ha establecido la estrategia entonces, capitán?- Preguntó el hermano Zael mientras su pariente de sangre y hermano de batalla, Khael se reunían entorno a su capitán en una formación protectora instintiva fruto de su largo y riguroso camino como Marines Espaciales.

Gabriel asintió mientras encaminaba sus pasos hacia la lanzadera. Su guardia siguió su paso al instante con una coordinación que habría sido la envidia de cualquier otra fuerza imperial.

- Os lo contaré de camino a la Gloria Sanguine- Añadió haciendo mención la la barcaza ancestral del Capítulo que los había traído allí antes de que las puertas de la lanzadera se cerraran tras él.

Se volvió entonces hacia Azkael mientras se dirigían hacia los arneses de seguridad para que la nave despegara. El veterano sargento se percató de ello al instante.

- ¿Has escuchado el apelativo con el que la séptima compañía se refiere a La Vanguardia, verdad?

Azkael asintió.

- Los Rapaces. Sí, capitán. Me he tomado la libertad de prohibir su mención dentro de esta escuadra, y algunos de nuestros sargentos ya están aplicando la misma medida.

Gabriel asintió satisfecho.

- Asegurate de que todas las escuadras la aplican- Ordenó- Trataremos a los descendientes de Corax con la deferencia que merece cualquier camarada Astartes. Que la séptima compañía haga lo que guste su capitán, pero nosotros mostraremos respeto.

- Entendido, capitán- Asintió Azkael, conforme.

Gabriel se colocó en su lugar de la nave y activó el sistema de comunicación de su servoarmadura, abriendo un canal con los sargentos de sus escuadras.

- Aquí el capitán Gabriel Tormentaroja, hermanos. Iniciamos el despliegue de inmediato. Preparaos para la batalla.

- Las tropas ya se encuentran preparadas para el despliegue, capitán- Contestó uno de sus oficiales- Ordene, y estaremos listos para aplastar a esos sucios pieles verdes.

Gabriel sonrió levemente y sus colmillos centellearon predadores, presintiendo la inminente batalla antes de comenzar a repartir órdenes.

Capítulo uno: El cielo se abate sobre StygiaEditar

Las cañoneras Stormraven surcaban los cielos junto a las Thunderhawk, de mayor tamaño y poseedoras de un armamento superior. Un puñado de escuadrones de Stormtalon acompañaban a las aeronaves para proporcionar funciones de escolta y fuego de apoyo aire-tierra una vez llegado el momento.

Las puertas de las Stormraven de La Vanguardia, pintadas de un apagado verde-marrón al igual que las servoarmaduras de los hermanos de batalla para esta misión, estaban abiertas, y a través de ellas se asomaban algunos de los pasajeros, listos para desplegarse. Fahajad estaba agarrado a un costado del acceso frontal. Su capa ondeaba frenéticamente por el viento. 

- ¿Equipo preparado, hermanos?- Preguntó a su escuadra de mando. Algo meramente rutinario que había dicho casi sin pensar.

- La duda ofende, capitán- Gruñó Irok Seghatan, el mejor tirador de la compañía. 

Los seis Astartes rieron. Seghatan tenía un humor ácido y un tanto siniestro. Solía dar ese tipo de respuestas espontáneas con frecuencia, aunque carecían de malicia. Fahajad volvió la cabeza para mirarle por encima del hombro. Irok se había puesto su casco de combate MK IV Maximus, que poseía un abultado sistema de puntería, y cuya parte frontal estaba pintada para que recordase a un cráneo. El Marine Espacial tenía tatuado ese mismo cráneo en su propio rostro. Seghatan levantó un pulgar y Fahajad asintió: estaba listo.

- Ten más respeto, Irok- Reprochó una voz estoica.

- Cállate, Drago- Se limitó a mascullar Seghatan.

El campeón de la quinta compañía y veterano de más de cien misiones, Drago Ájax, gruñó. Embutido en su robusta servoarmadura, tan decorada como reforzada, ofrecía una visión imponente y gloriosa, sujetando su gran escudo de tormenta con una mano mientras la otra reposaba sobre el pomo de su espadón de energía. Sin embargo, Seghatan no se dejaba amedrenar por él. Fahajad llevaba tiempo pensando que nada era capaz de alterar o imponer respeto al siniestro veterano, salvo honrosas y parciales excepciones.

- No te pases, Irok- Advirtió Fahajad. Y después añadió en tono bromista- Demasiado.

Hubo breves risas entre la escuadra, y una disculpa sin interés por parte de Seghatan. Drago era digno del respeto de todos, pues en más de una ocasión les había salvado la vida, razón por la cual ni siquiera Irok era capaz de ofenderlo.

- Piloto, desciende- Dijo Fahajad por su intercomunicador- Estamos sobre el punto adecuado.

- Recibido, capitán- Contestó él.

- Dadnos apoyo una vez hayamos descendido, y después manteneos a la espera. Quizá nos haga falta vuestra ayuda para romper el asedio a La Garra- Ordenó el capitán de la quinta compañía a toda la fuerza aérea de La Vanguardia.

Un coro de respuestas de confirmación recorrió el canal de radio durante unos segundos. Kiskoros abrió un canal privado con Fahajad cuando acabaron los acuses de recibo.

- Sangre para el acero, Fahj. Suerte ahí abajo- Deseó.

- Y gloria para el Salón de los Recuerdos, hermano- Fahajad le saludó con un asentimiento cuando su cañonera pasó junto a la suya- Que el Emperador esté contigo.

La transmisión se cortó, y Fahajad se dio la vuelta, sin dejar de agarrar el costado de la puerta. Miró a su escolta, que estaba esperando, expectante, la orden de descenso. Se llevó el puño izquierdo al pecho y los otros Astartes lo imitaron.

- ¡Gloria para el Capítulo, honor al Primarca!- Exclamó.

- ¡Victoria para el Imperio, muerte al enemigo!- Acabaron la letanía los otros cinco Marines Espaciales.

Después de esto, Fahajad asintió y se dejó caer de espaldas. El viento azotó su cuerpo, haciendo que su capa ondulase y se moviera de manera demencial mientras caía a plomo hacia el suelo rocoso. Maniobrando con experiencia y habilidad, cambió su postura poco a poco hasta darse la vuelta, con los pies por delante. El paracaídas gravítico que llevaba sujeto a su mochila generadora se activó y tosió una ráfaga de pulsos gravíticos para controlar la caída del Astartes. Cada cierta distancia, el dispositivo se activaba en cortas y rápidas ráfagas, reduciendo la velocidad de caída del capitán de La Vanguardia hasta un límite seguro. 

Cuando apenas quedaba una veintena de metros para tocar el suelo, el paracaídas gravítico se activó hasta que Fahajad estaba a dos metros de la tierra, y se apagó de golpe. Cuando los pies blindados del Astartes tocaron la roca, el paracaídas gravítico se desacopló de manera automática de su mochila generadora y cayó al suelo con un golpe sordo. A su alrededor, tanto sus hombres como los de Kiskoros descendían sobre la explanada, lugar donde un Piedro orko de gran tamaño se había estrellado. Los cálculos preeliminares indicaban que en aquella zona había casi un millar de orkos. A Fahajad le parecía que estaban todos muertos ya.

Mientras desenvainaba su espada de energía, elevó durante un instante la vista al cielo. No había rastro de los Arcángeles Rojos aún. Activó su arma, cuya hoja se estremeció con un campo de energía chisporroteante, y se lanzó a la carga junto a los otros Marines Espaciales que habían aterrizado junto a él.

El hermano Garron, de su escolta, tomó tierra pesadamente y levantó su multiláser. Los tres cañones del robusto arma empezaron a girar cada vez más rápido con un zumbido constante. Cuando abrió fuego, una bocanada de energía anaranjada manó del arma, que arrojó con una candecia de disparo infernal una lluvia de lanzas de energía chisporroteantes. 

- ¡Un regalito del Emperador!- Le oyó bramar mientras sus disparos atravesaban y destrozaban a los alienígenas, cuyos cuerpos humeantes caían al suelo, hechos trizas.

Los orkos respondieron al repentino ataque con previsible pero arrojada fiereza, y se lanzaron a la batalla con fuerza. Fahajad detuvo el golpe de un alienígena agarrando el asta de su hacha y lo apartó a un lado al mismo tiempo que lanzaba un tajo descendente que decapitó al piel verde. La sangre empapó su ceramita.

La Garra de Corax cercenó las manos de otro orko después de que Fahajad esquivase su rápido ataque, y después clavó su espada en la clavícula del xeno hasta la empuñadura. Apartó de un rodillazo el cuerpo y bloqueó justo a tiempo un tajo que le llegaba desde la izquierda. Desvió la rebanadora con un rápido movimiento de muñeca y lanzó una veloz estocada al pecho de su atacante.

Cuando extrajo la hoja, un chorro de sangre manó de la herida, pero el alienígena no estaba muerto. Fahajad lo derribó golpeándole con la hombrera izquierda y desenfundó su fusil volkita, que pendía de la hombrera por una sólida cadena que hacía las veces de cinta de sujección. Apuntó al piel verde, que se estaba levantando, y apretó el gatillo. Un ardiente rayo color rubí atravesó la armadura del orko y devoró su carne. La herida entró en combustión con un crujido mientras el cadáver caía del nuevo al suelo, con columnas de humo manándole de la boca. 

Fahajad blandió el arcano fusil desde la cadera y efectuó un barrido en horizontal para alejar a los orkos que lo habían rodeado. Los rayos calcinadores fundieron sus armaduras y consumieron su carne, atravesándolos de lado a lado en ocasiones. Las heridas causadas por el fusil volkita estallaban en llamas y prendían fuego a todo el cuerpo de la víctima desde el interior. Tres orkos cayeron muertos por la andanada asesina, y un cuarto ardía desde dentro con violencia. Fahajad apartó de un empellón a este último mientras soltaba su fusil volkita y preparaba de nuevo su espada, la Garra de Corax.

Una tosca espada sierra apareció rugiendo, voraz, en dirección al peto del capitán de La Vanguardia. El campo de energía proyectado por el aro de hierro de su armadura desvió el ataque con un destello. Fahajad, que no había reaccionado a tiempo, murmuró una oración de agradecimiento al espíritu máquina del dispositivo mientras despachaba al piel verde de una estocada. Al sacar la espada del torso alienígena, partió la cabeza en dos.

A su alrededor, el resto de su compañía luchaba ferozmente contra los xenos. Vio al hermano Sager recibir un disparo en la placa pectoral, y otro más en la abdominal, que cedió. Aunque herido, el Astartes abatió con una ráfaga de bólter al guerrero orko y siguió adelante mientras sus células Larraman se ocupaban de la herida. Al menos de forma temporal.

Irok apareció a su lado justo a tiempo para eliminar de un disparo en la cabeza a un alienígena que se le había lanzado encima a su capitán. Irok vigilaba el flanco de Garron, que lanzaba una andanada tras otra de energía fulgurante contra la horda verde. Lucio y Drago se abrían paso con sus espadas no muy lejos del flanco derecho de Fahajad. Eth'Skal, el apotecario de la compañía, luchaba junto a la escuadra táctica Nover, disparando asesinas descargas de plasma con su pistola.

- ¡Ja! Llegan un poco tarde- Saltó Seghatan cuando vio como los Arcángeles Rojos desembarcaban de sus Stormraven, que habían descendido hasta el suelo.

- ¡Hagámosles pues el trabajo más fácil a nuestros hermanos!- Exclamó Fahajad en tonó burlón mientras lanzaba otra andanada con su fusil volkita- ¡Adelante, hermanos!

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Koshet apartó de sí al rugiente orko de un puñetazo. El alienígena se tambaleó hacia atrás y el Astartes aprovechó para derribarlo de una patada. Cuando su cuerpo golpeó pesadamente el suelo, lo mató con su bólter sin darle tiempo a levantarse. 

El rechinar de los dientes de una rebanadora-sierra en forma de hacha le avisó de un nuevo ataque, y Koshet se ladeó con rapidez para esquivarlo. El arma se hundió en el suelo con estruendo, y el Marine Espacial propinó un brutal golpe en la nuca al orko con su bólter, mandándolo de bruces al suelo. Otra ráfaga hizo trizas su cráneo, y esparció los humeantes restos por el suelo.

- ¡Shet!- Bramó el sargento Vhalas- ¡Cubre el flanco derecho!

Con un asentimiento, Koshet se situó junto a Malkarr y K'sai, que disparaban contra los orkos, que  intentaban rodearles. El bólter pesado de Malkarr rugía y escupía una granizada de proyectiles sobre los pieles verdes. K'sai arrojó una granada de fragmentación y la metralla destrozó a dos xenos. Un tercero tropezó, sin una pierna, y cayó al suelo. El hermano de batalla lo remató con un certero disparo a la cabeza.

Koshet lanzó una ráfaga corta que vaporizó la cabeza de un orko, y con lo que le quedaba en el cargador hendió el torso de otro con varios proyectiles que lo destrozaron desde dentro. El combate era frenético, y apenas podía situar al resto de su compañía. Sólo veía la mira de hierro de su bólter, y a un piel verde tras otro al otro lado del cañón. 

El rugido de un orko particularmente grande y amenazador llamó su atención, y volvió su arma contra él. Los proyectiles explosivos se quedaban incrustados en su gruesa armadura, que empezó a ceder bajo al potencia de fuego del Marine Espacial. Pero no pudo detenerlo antes de que llegase hasta ellos. 

El noble derribó de un violento empellón a K'sai, y el golpe que descargó con su arma sobre él hizo que la runa que lo representaba en la pantalla retinaria de Koshet pasase de verde a ámbar. Malkarr se volvió y abrió fuego con su bólter pesado casi a quemarropa. Unos cuantos proyectiles lograron herir al feroz piel verde, pero se deshizo del Astartes con su rebanadora. Malkarr cayó de espaldas tras tambalearse, con un profundo tajo en su coraza. Su runa también paso de verde a ámbar.

Koshet encaró a la bestia y apretó el gatillo...pero su bólter emitió un chasquido metálico: estaba vacío. El noble hizo un sonido similar al de una risa y levantó su arma. Sin perder tiempo, Koshet dejó de lado su bólter y desenvainó su cuchillo de combate. Bloqueó el envite del alienígena con dificultad y contraatacó tras acortar distancias. 

Clavó la hoja del filoarma en el vientre del xeno, y después lo apuñaló de nuevo en el cuello. Lejos de estar muerto, su oponente le hizo retroceder de un rodillazo y lanzó un golpe que hizo que el Astartes se tambalease. Koshet notó como la sangre brotaba a través de la herida en su pecho, pero no era mortal. Con arrojo, clavó su cuchillo en la muñeca del noble, que soltó el arma con un rugido de dolor. Antes de que lo apartase de nuevo con un golpe, Koshet desenfundó su pistola bólter y le voló la cabeza a quemarropa. La sangre, la carne humeante y la masa encefálica salpicaron su armadura.

Koshet se volvió cuando los sentidos automáticos de su armadura le avisaron de un ataque enemigo por la espalda. Desvió la rebanadora con el avambrazo, y le propinó al orko un brutal golpe en la sien con la culata de su pistola bólter. El alienígena perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre el suelo. Koshet le destrozó la cabeza con dos disparos y se agachó para recoger su bólter al mismo tiempo que Malkarr y K'sai volvían a la acción.

El arma estaba vacía, pero eso tenía fácil solución. Koshet expulsó el cargador vacío e insertó uno nuevo con un chasquido metálico que le indicó que había sido insertado correctamente. Se llevó la mira al visor y atravesó el pecho de un orko con una certera ráfaga. Lo remató con un disparo en la cabeza cuando el xeno se volvió hacia él y le disparó con su akribillador.

- ¿Estáis bien, hermanos?- Preguntó Koshet por encima del tableteo del bólter pesado de Malkarr.

- Nada que las Larraman no puedan remendar, Shet- Respondió el artillero.

Una cañonera Stormraven hendió el aire sobre ellos, y descargó sus cañones de plasma contra los orkos, que cercaban a Koshet y su escuadra. Las bolas gemelas de energía blanco-azulada consumieron a los xenos, y de ellos sólo quedó una serie de carcasas vacías y retorcidas en un cráter ennegrecido y humeante. La aeronave pasó de largo para efectuar otra pasada en otro lugar del campo de batalla.

La presión sobre la escuadra Feras disminuyó con el apoyo de la cañonera. El sargento Vhalas descargó su puño de combate sobre la cabeza su oponente, que quedó reducida a una mancha roja en su servoarmadura. Una serie de proyectiles repiquetearon sobre su hombrera izquierda y su gorguera, incrustándose en la gruesa ceramita o rebotando, y Vhalas acabó con el alienígena con su pistola bólter.

- ¡Avanzamos, Feras!- Bramó mientras la escuadra formaba de manera instintiva a su alrededor.

Mientras avanzaba, Koshet vio como los orkos perdían cada vez más y más terreno, a pesar de su fiereza.

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La Furia Roja tocó tierra acompañada del furioso rugido de los bólteres huracán montados en sus barquillas laterales. Los doce Astartes que viajaban en su interior recitaron los últimos versos del Himno Barbarroja, la letanía que todos los Marines Espaciales descendientes de Sanguinius recitaban como preparatoria antes de una batalla. Justo en el instante en que la compuerta frontal se abrió, los guerreros súperhumanos saltaron sobre la arena.

Gabriel descendió a la cabeza de su guardia de honor y alzó su pistola de plasma hacia el primer piel verde que se le puso a tiro. La primera bola incandescente surcó el aire y vaporizó la cabeza del alienígena, dejando una estela de fuego azulado. Otros dos proyectiles le siguieron, y más de media docena de alienígenas cayeron destrozados cuando la potencia de fuego de sus hermanos de batalla se unió a la suya.

La larga cicatriz en el rostro de Gabriel, dos líneas que se cruzaban en su mejilla izquierda y que iban desde el ojo izquierdo hasta el labio inferior y desde debajo de la oreja hasta casi tocar la nariz, se tensó cuando el capitán Astartes esbozó una fugaz sonrisa de gozo. El sonido de la munición de bólter surcando el aire, los bramidos de los orkos al morir y el vigoroso rugido de la batalla lo envolvió dándole la bienvenida como un viejo amigo.

Aquel era su elemento, su lugar, el único rincón de la galaxia en el que se sentía verdaderamente vivo. Esa era la maldición que pesaba sobre los hijos de la novena Legión Astartes. Aquel era su mayor estigma y, a la vez, su más oscura alegría.

La escuadra Ángelus se desplegó en formación de abanico con Gabriel en el punto más alejado de la nave. Azkael y Cestus se colocaron a ambos lados de su capitán mientras sus armas vomitaban muerte hacia el mar de carne verde que se abría ante ellos. Khael y Zael fueron los siguientes, uniendo la potencia de fuego de sus armas a la refriega.

Khael disparaba precisas ráfagas con su bólter, equipado con una mira telescópica montada sobre un riel en la parte superior del arma. La munición especialmente diseñada, unida a la prodigiosa puntería del Astartes, arrancaba cabezas de los hombros y eliminaba de un disparo certero a los pieles verdes que se encontraban a su alcance o que conformaban un objetivo prioritario para desestabilizar a la horda, como los noblez o cualquier tipo de mando del que los orkos pudieran disponer.

Zael normalmente operaba con un rifle de plasma, arma que llevaba colgando de una cadena al costado, pero las características únicas del combate de aquel día requerían de otro tipo de equipo para realizar el trabajo.

El aire se tornó ardiente cuando el chorro inflamado de promethium surgió del lanzallamas pesado con el que cargaba el hermano de batalla y carbonizó a una peña de orkos que trataban de reunirse para formar una fuerza con la que asaltar a los Astartes.

- ¿Alguien ha pedido una ración de alienígenas muy hechos?- Bromeó bajó el yelmo Mk IV Maximus que le cubría el rostro pálido.

- Te has dejado uno, hermano- Contestó Khael antes de abatir al xeno que se arrastraba con las piernas en llamas y la mitad del cuerpo convertido en un montón de carne ennegrecida por el fuego con un certero disparo que reventó su cabeza desde atrás.

- Ese ya contaba como muerto- Bufó el aludido lanzando otro chorro de llamas, dando tiempo a que el resto de los veteranos se desplegaran.

- Estos bastardos verdes son una excepción, Zael- Aseguró Gabriel, disparando una nueva ráfaga de plasma para acabar con los pocos orkos que quedaban en su zona de aterrizaje- Aseguraos de que están bien muertos antes de purgar a los demás.

- Entendido, capitán- Contestó el ultimo astartes en salir de la Stormraven, segundos antes de que esta cerrase la escotilla frontal y ascendiera al cielo de nuevo en medio de una lluvia de fuego surgida de sus sistemas de armas.

Gabriel se permitió el lujo de volverse para mirar por el rabillo del ojo la figura de armadura blanca hermosamente decorada del novitiate sanguinario de su escuadra, el sacerdote sanguinario y apotecario, Borgio.

El hermano Borgio era uno de los más destacados, e inusitadamente, jóvenes miembros del Sacerdocio Sanguinario de los Arcángeles. Su pericia natural en el campo biológico del Capítulo solo era igualada por su fervor hacia el Primarca y su maestría en combate. Unido a un soporte especial en su hombrera se encontraba una réplica exacta del Grial Rojo, el ancestral cáliz de su Capítulo padre que había contenido la sangre del Primarca tras su muerte y era el símbolo de su cargo como guía espiritual y guardián del cuerpo físico de sus hermanos.

Borgio contaba con un gesto apuesto y llevaba el cabello rubio y liso recortado en forma de taza como era costumbre en su celibato hacer con los jóvenes iniciados. Hacia tiempo que el apotecario había dejado atrás sus días de novicio pero aun así seguía llevando aquel mismo peinado.

Llevaba una espada sierra sujeta al cinto y en la mano libre portaba el modelo de Narthecium exclusivo de los Ángeles Sangrientos y sus Sucesores, el Exanguinador. Nada mas toco el suelo, disparó tres veces con su pistola bólter contra los orkos, que se batían en retirada, antes de ocupar su lugar en la formación.

- Sacerdote Sanguinario- Lo saludó Gabriel cuando él se colocó entre Zael y otro veterano- ¿Algún buen augurio para el día de hoy?- Bromeó.

- Hemos matado a una docena de xenos nada mas desembarcar. Creo que no está mal para empezar- Ironizó el sacerdote con una sonrisa en su rostro descubierto antes de colocarse el casco con la máscara frontal decorada para parecerse al rostro de su primarca.

- Y aún quedan muchos más que también caerán, Borgio- Juró el capitán con una sonrisa de dientes afilados- ¡Adelante! ¡Por Thanathos, por el Primarca y el Imperio!

- ¡Sanguinem Sanguinius!- La voz de Borgio resonó aun más potente gracias a los dispositivos vocales de la mascara mortuoria. Sus palabras resonaban como si vinieran del mismísimo Sanguinius mientras alzaba su espada sierra apuntando a una duna elevada que se alzaba a pocos metros de su posición.

- ¡Perpetum Gloria!- Bramaron los Astartes antes de iniciar el avance.

Se movieron rápido, devorando terreno mientras las botas de ceramita levantaban nubes de polvo al pisar la arena y las Stormraven restantes alzaban el vuelo tras dejar al resto de escuadras de los Arcángeles en tierra. Había al menos cincuenta hermanos de batalla desplegados, rugiendo letanías de furia mientras avanzaban hacia adelante con el repiqueteante sonido de las descargas de bólter como telón de fondo.

-¡Capitán, enemigos delante!- Azkael señaló a un nuevo grupo de xenos que acababa de surgir en la cresta de la colina. A la cabeza de los alienígenas iba un orko enorme, revestido de planchas metálicas formando una primitiva armadura con púas. La bestia piel verde alzó su rebanadora, un arma enorme en forma de hacha a dos manos, y lanzó un furioso rugido. Sus chikoz respondieron con aquel mismo grito de violencia irracional y cargaron duna abajo en dirección a los doce veteranos.

-¡Formación de combate!- Ordenó Gabriel, disparando una ráfaga de proyectiles de plasma contra el noble con la zurda mientras se preparaba para la arremetida de los xenos. La masa de cuerpos verdes se encargó de que ninguno diera en su objetivo, pero tres alienígenas mordieron el polvo al interceptarlos con sus cuerpos de forma involuntaria.

Gabriel gruñó disgustado.

- ¡Arrasadlos y avanzad! Tenemos que ser los primeros en coronar esa duna.

- La Vanguardia nos lleva ventaja- Señaló Zael viendo como la linea de batalla de la Vanguardia ascendía por un flanco de su posición aniquilando xenos a buen ritmo mientras un nuevo cono de llamas del lanzallamas consumía a varios orkos.

-Más motivos para darse prisa entonces, hermanos.

-¡Entendido capitán!- Contestó Borgio activando su espada sierra que respondió con un rugido de sus dientes giratorios.

Los Marines Espaciales formaron rápidamente una cuña de combate sin dejar de disparar sus armas preparándose para el inminente cuerpo a cuerpo. La masa irregular de alienígenas a la carga acusó las bajas que los proyectiles de bólter les causaron sin inmutarse, pisoteando los cuerpos de sus compañeros caídos y rugiendo con salvaje desenfreno mientras disparaban sus destartaladas pistolas. La mayoría de los proyectiles fallaron y los demás se incrustaron o revotaron contra las placas de ceramita de las servoarmaduras.

El espacio entre ambas fuerzas se hacia menor por momentos hasta que el choque se produjo.

Gabriel trazó un arco con su mano derecha y la larga hoja del arma que portaba segó el cráneo de un piel verde, atravesando el casco cornudo que llevaba en la cabeza como si fuera papel y separándole la parte superior de la cabeza del resto del cuerpo. El gritó de un nuevo orko perforó sus oídos y el capitán se agachó cuando la rebanadora de este pasó a un pelo de cortarle la cabeza. Gabriel empuñó la arcana espada de energía y su brillante hoja atravesó el pecho del orko hundiéndose hasta la empuñadura en forma de Aquila, partiéndole en dos el corazón antes de ascender, saliendo por su clavícula izquierda en una vorágine de sangre.

El capitán astartes la blandió de nuevo y los sellos de pureza que decoraban el mango hondearon en el aire cuando la hoja, hueca en el centro, cortó la columna de un alienígena separándole el cuerpo en dos desparramando la sangre y los órganos del orko sobre la arena, pero sin que ninguna gota ensuciara su filo.

Aquel arma era una obra maestra de la artesanía imperial. Era la espada de San Andrastos, santo patrón de Namether. Gabriel había recibido aquella sagrada reliquia durante la campaña por la liberación de Lachrima, atacada por los tau, el mundo santuario dedicado al Santo y el capitán había jurado empuñarla en defensa del sector hasta que todos sus enemigos fueran derrotados.

La cuña de combate se hundió profundamente en la línea orka. Gabriel blandía la espada del santo, trazando arcos relampagueantes con su filo. Azkael se encontraba un paso por detrás de él, disparando controladas ráfagas con su bólter en automático y abatiendo orkos a buen ritmo. Cestus protegía el flanco izquierdo de Gabriel, su hacha de energía caía partiendo huesos y traspasando entrañas con su pesada hoja mientras con su mano libre disparaba su bólter con una sola mano mientras Borgio atravesaba la carne de los xenos con su espada sierra, recitando palabras sagradas y letanías de furia pero atento para atender a sus hermanos de batalla si eran heridos. Zael y Khael se encontraban al mismo nivel en lados distintos de la formación. El lanzallamas pesado de Zael abrasaba masas enteras de alienígenas, limitando el numero de xenos que tenían posibilidad de llegar al combate directo y obstruyendo el camino de los que les seguían. Zhael disparaba de forma metódica, seleccionando bancos y abatiéndolos con una velocidad y un autocontrol digno de la envidia de sus hermanos. Cada disparo significaba la muerte de un alienígena, cada atronadora detonación de su bólter, una ofrenda al Emperador.

Los cuerpos carbonizados y mutilados se amontonaban a medida que los Arcángeles avanzaban. Los veteranos peleaban con arrojo y una ferocidad nacida de su predilección por aquel tipo de combate rivalizando con la sed de sangre y la furia propia de sus bárbaros enemigos. Las rebanadoras subían y bajaban acompañadas del zumbido de las armas de energía y los disparos. Docenas de orkos morían ante el avance de los Astartes, pero siempre había mas para remplazar a los caídos. Aún así esto no importaba a los Arcángeles Rojos, simplemente significaba que había mas enemigos con los que saciar la sed roja que les quemaba el alma.

Aun así, la presión de los xenos se estaba haciendo notar. La línea de batalla empezaba a frenarse a causa del abrumador número de enemigos, además muchos de los veteranos presentaban alguna herida causada por sus enemigos, nada que Borgio o sus propios cuerpos mejorados no pudieran curar, pero aquello reducía su eficiencia en combate. Y contra los pieles verdes cometer un solo error significaba la muerte.

Algo que Gabriel no iba a permitir.

Empaló a un nuevo orko y lo pateó con furia, arrojándolo contra sus compañeros y haciendo que tropezaran y cayeran como sacos sobre la ladera de arena cuando el sistema de comunicación de su servoarmadura se encendió.

- Lanza Escarlata en posición, capitán. Nos encontramos a distancia de disparo.

Gabriel sonrió y su arma dio muerte a otros tres xenos mientras hablaba.

- ¡Cubrid el avance, piloto!- Ordenó- Que la formación proporcione fuego de apoyo a nuestros hermanos de batalla y acabad con la resistencia del enemigo. ¡Que conozcan la furia del Imperio!

- Entendido, capitán- Asintió el astartes- Agachen la cabeza. Esto no va a ser bonito.

Gabriel no se hizo de rogar. Con una orden los hermanos de batalla cayeron de rodillas al suelo mientras disparaban sus bólteres en automático justo cuando una larga ráfaga ininterrumpida de proyectiles de cañón de asalto rugió por encima de sus cabezas y se estrelló contra los orkos.

La descarga fue devastadora. Los proyectiles pesados literalmente despedazaron a la primera linea de alienígenas, atravesándolos en medio de una niebla roja y acribillando a su vez a los que venían detrás. Los veteranos rugieron con una sola voz mientras sus enemigos morían y Gabriel se volvió para contemplar a la máquina de guerra que ejecutaba aquella lluvia de fuego y venganza.

Un vehículo Predator de la variante Baal, única entre los Ángeles Sangrientos y sus sucesores. Se alzaba tras ellos, avanzando a gran velocidad gracias a sus motores sobrecargados Lucifer mientras sus orugas levantaban grandes nubes de polvo. Su planeta natal, al igual que el propio Baal, era un desierto así que el terreno no era ningún impedimento para el blindado. Su torreta principal disparaba con furia dos cañones de asalto acoplados cuyos tubos giraban a toda velocidad vomitando muerte a una velocidad pasmosa mientras sus barquillas laterales, armadas con bólteres pesados, añadían su fuego al de las armas principales.

Otros dos blindados del mismo modelo se encontraban en paralelo con su hermano, proporcionando fuego de apoyo a las escuadras de hermanos tácticos, aniquilando a docenas de xenos en segundos y dejando a los destrozados supervivientes ante la furia desatada en forma de espada y bólter. Uno de ellos iba armado con un cañón Tormenta Infernal en su torreta central y dos lanzallamas pesados en sus barquillas laterales en lugar del armamento de cañones de asalto y bólteres pesados de los otros.

Tras ellos, una serie de transportes artillados Razorback conducían de un lado a otro del campo de batalla a las escuadras móviles de devastadores, que apoyaban a sus hermanos con su fuego pesado mientras las armas gemelas en la torreta del transporte los cubrían.

Los Arcángeles Rojos avanzaron con decisión, aplastando a los orkos y dejando un manto de cadáveres verdes a su paso.

Gabriel lanzó un salvaje grito de batalla y cargó de nuevo mientras su furia se extendía a través de los veteranos, que lo siguieron para abalanzarse de nuevo sobre los supervivientes pieles verdes. La cuña de combate atravesó a los xenos como una hoja de adamantio, masacrándolos con brutalidad entre los disparos y el impacto del acero atravesando chapa y carne. El ultimó en caer fue el noble que los había liderado, ejecutado por el propio Gabriel, que le cortó la cabeza cuando afianzaron finalmente la posición en lo alto de la duna.

El Astartes echó un vistazo rápido a sus fuerzas e intercambió mensajes con su compañía. La primera línea enemiga había sido aplastada. Todas las unidades habían alcanzado las dunas que los separaban del objetivo con solo un puñado de heridos leves. Ninguna baja.

Era un buen comienzo, pensó Gabriel, pero el verdadero desafío acababa de empezar.

Ante ellos, bajando la ladera, se alzaba un gigantesco conjunto de estructuras destartaladas y torres construidas a base de chatarra. Blasfemos iconos xenos se alzaban marcando todas y cada una de las infraestructuras mientras cientos de guerreros pieles verdes ansiosos de combatir se movían como un enjambre de insectos furiosos entre ellas.

Akribilladores y soldados de asalto corrían entre primitivas barricadas y puestos de defensa, esquivando multitud de fuegos y explosiones mientras una lluvia de misiles Bloodstrike caía sobre sus posiciones fortificadas y vehículos. Un gran número de Stormravens, escoltadas por las más pequeñas Stormtalon, dejaban caer una estela de figuras con servoarmadura sobre los pieles verdes como ángeles con alas de fuego.

- Parece que el capitán Abhael no ha perdido el tiempo- Expresó Azkael mirando con ojo crítico la batalla- Está ablandando a los xenos y asegurándose de que no realicen un contraataque.

- Pues no le hagamos esperar entonces- Gabriel alzó la espada del Santo y a continuación toda la línea se movió. Sólo dejaron el tiempo justo para que los hermanos de La Vanguardia se pusieran a su nivel y Gabriel se coordinara con el capitán Fahajad. Nunca estaba de más compartir la gloria. 

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La sangre salpicó la ceramita.

Lucio extrajo su espada del torso del alienígena y decapitó a otro más con un tajo rápido y preciso. El cuerpo sin cabeza trastabilló hacia adelante y lanzó un último golpe con su rebanadora, que se estrelló contra el escudo de combate del Astartes. Interpuso su espada entre él y su siguiente oponente, y ambos aceros entrechocaron, arrojando una lluvia de chispas que los roció mientras preparaban su siguiente golpe.

Moviéndose con más rapidez que el orko, Lucio estrelló el borde inferior de su escudo contra el cráneo del alienígena. El pielverde acusó el golpe sin inmutarse y descargó una serie de disparos con su pistola a quemarropa. Las balas rebotaron contra su peto o quedaron incrustados en él mientras el Marine Espacial disponía una estocada. La delgada hoja perforó la pesada armadura del orko, partiendo en dos su columna vertebral y saliendo entre sus omoplatos. Lucio apartó el cuerpo con su escudo y siguió adelante.

El golpe sordo del cadáver de un piel verde al chocar contra el suelo le indició que Drago había llegado a su altura. El campeón de la compañía descargó un golpe horizontal con su espadón y destrozó a otro xeno mientras Garron cubría su flanco con las abrumadoras ráfagas de su multiláser. Irok iba al otro lado, con el bólter en ristre, lanzando andanadas asesinas con habilidad y precisión. Eth'Skal se mantenía no muy lejos de él, blandiendo en alto su pistola de plasma, humeante, mientras sostenía el sable de energía en la otra mano. El filo estaba manchado de sangre alienígena.

- ¡Infantería pesada a la izquierda!- Ladró Fahajad por encima del crujido de los incandescentes disparos de su Incinerador.

Lucio se volvió a tiempo para ver a los orkos cargar hacia ellos. Eran una docena, aproximadamente, y estaban cubiertos por gruesas armaduras tintadas de carmesí y decoradas con colgantes de cadenas, trofeos y marcas hechas con pintura negra. Blandían cuchillas y espadas sierra, y las enarbolaban con rabia mientras rugían. Los primeros disparos de bólter no lograron penetrar su blindaje. 

Irok gruñó de rabia cuando sus primeros disparos se estrellaron contra la armadura de los xenos, sin frenarlos ni amedrenarlos. Afinó su puntería con rapidez y abatió a dos alienígenas en rápida sucesión disparando a sus caras, desprotegidas. Los dos orkos cayeron de bruces al suelo entre espasmos. Un tercer piel verde había sido partido en dos por el multiláser de Garron.

El choque fue brutal y rápido. Los rugidos y los gritos de guerra competían con el chirrido de las hojas al entrechocarse y el estruendoso traqueteo de las armas sierra. Drago y Fahajad quedaron rodeados en los primeros segundos de refriega, luchando hombro con hombro para repeler a los orkos. El apotecario Eth'Skal se interpuso entre Garron y los atacantes con su sable de energía en alto, pero el veterano Astartes sabía cuidarse por sí mismo: las lanzas fulgorosas de su arma eran incluso más letales a bocajarro.

Irok estrelló su espada sierra contra la placa pectoral de uno de los alienígenas, arrancando pedazos de metal y nubes de chispas de la armadura hasta que ésta se quebró y los dientes de adamantio reforzados despedazaron la caja torácica del piel verde. A continuación uno de los atacantes se abalanzó sobre él, que detuvo el envite de su rebanadora por muy poco, y ambos se enzarzaron en un complejo y brutal intercambio de golpes y bloqueos

- ¡Gloria al Capítulo!- Exclamó Lucio al atravesar al garganta del orko. 

Ejecutó una segunda estocada para rematar al alienígena y lo apartó de sí de un escudazo mientras el xeno sangraba a brobotones y se desmoronaba, muerto. Reaccionó en el último momento cuando se dio cuenta de que otro orko lo había flanqueado y retrocedió con el escudo en alto mientras los gruesos proyectiles rebotaban y se incrustaban en la superficie del artefacto. 

Aprovechando su mayor alcance, cercenó el brazo del piel verde con un rápido tajo y con el golpe de vuelta partió su cráneo en dos. El chirrido de una espada sierra lo alertó, y se agachó con rapidez mientras alzaba el escudo. Desde su espalda, el arma orka se estampó contra el escudo, abriendo un gran surco en su superficie. Girando sobre sí mismo con habilidad, cortó las piernas del piel verde a la altura de las rodillas y lo remató con su pistola bólter cuando el cuerpo lisiado chocó contra el suelo.

Conocía a quel tipo de guerreros. Eran veteranos, más robustos y fuertes que el grueso de las tropas orkas, y representaban una amenaza que Lucio no se atrevía a subestimar. Y estaban rodeados por un buen número de éstos brutales guerreros.

Una algarabía de rugidos y disparos llamó la atención del Marine Espacial durante un segundo. A su izquierda, a varios metros, un grupo de no menos de trece pieles verdes retrocedía mientras disparaba largas andanadas automáticas de sus armas. Lucio no supo de qué huían hasta que uno de ellos estalló en una nube de relámpagos y sangre. Kiskoros y tres de sus hermanos de batalla atravesaron la dispersa formación de alienígenas en una sangrienta tormenta de acero. El martillo de trueno del capitán estaba empapado de sangre y recubierto de trozos de carne.

- ¡Muerte al alienígena!- Ladró el capitán de La Vanguardia mientras él y sus hombres acudían en ayuda de Fahajad y su escolta.

Los inesperados refuerzos doblegaron a los pieles verdes y los hicieron retroceder. Fahajad e Irok se encargaron en persona de cortarles la huida, y los xenos cayeron en un breve pero intenso intercambio de disparos y golpes.

- Excelente flanqueo, hermano- Agradeció Fahajad cuando la escaramuza se hubo acabado.

- Gracias a vosotros por la distracción- Bromeó Kiskoros.

Uno de los Astartes que acompañaban al capitán de la cuarta compañía los interrumpió repentinamente, hablando en voz baja a su superior.

- Se están retirando, señor. 

- Cobardes- Gruñó el aludido.

- No. No son cobardes- Apostilló Fahajad- Son inteligentes. Saben que no pueden ganar aquí y están huyendo hacia su formación principal para alertarles de nuestro ataque. 

- Lo que sea- Kiskoros contactó con el piloto de su Stormraven- Piloto, acabad con los orkos en fuga.

- Están muertos, señor- Fue la respuesta del Astartes.

Cuatro Stormraven surcaron el cielo sobre ellos a toda velocidad. Los contemplaron con orgullo. La Vanguardia estaba realmente orgullosa de sus pilotos, verdaderos maestros en su arte. La superioridad aérea era uno de los fuertes del Capítulo, y los hermanos de batalla de La Vanguardia confiaban plenamente en las habilidades de sus pilotos.

Las cañoneras se separaron en una ágil y sutil maniobra y atacaron sin piedad a los orkos en fuga, montados en semiorugas y kamiones. Los misiles y rayos de fusión cazaron a los xenos y destruyeron sus vehículos con rapidez mientras los pieles verdes intentaban derribar las aeornaves Astartes en vano. 

El combate había cesado prácticamente el todo, dejando de lado un puñado de pequeñas escaramuzas entre los Marines Espaciales y los orkos restantes, que, a pesar de su ferocidad y arrojo, fueron derrotados en cuestión de minutos. Fahajad y Kiskoros habían reagrupado a sus tropas mientras tanto.

El tecnomarine Arcos, adscrito a la quinta compañía, se acercó hacia ellos flanqueado de sus servidores. Fahajad lo saludó al verlo. 

- Los blindados han aterrizado, capitán- Informó con el timbre mecánico de su implante bucal- Han abatido uno de nuestros Rhinos. Su piloto no ha sobrevivido.

- Escoria alienígena- Maldijo Fahajad en un susurro.

Arcos movió ligeramente su bólter y pulsó un botón que liberó el cargador. Uno de sus mecadendritos recargó el arma. 

- Me he tomado la libertad de vengarlos. A ambos.

- Su recuerdo permancerá- Aseguró Fahajad.

- Los que no debemos permanecer aquí somos nosotros- Interrumpió Kiskoros con impaciencia, acercándose con su martillo al hombro- La Garra está a unos kilómetros. 

Fahajad asintió. Hizo señas a su escolta y al tecnomarine, que se alejó seguido de sus servidores. Con aquella sencilla sucesión de gestos había ordenador embarcar a su compañía en los Rhinos y poner en marcha a los blindados.

Kiskoros puso una mano sobre la hombrera de Fahajad mientras él se volvía para reunirse con sus hombres, haciendo que se volviera.

- Vigila a los Arcángeles, Fahj. No me fío de ellos.

- Ni yo. No quiero arriesgar la Garra, atémoslos en corto.

Ambos asintieron.

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- ¿Bajas?- Preguntó Fahajad mientras entraba en el Razorback.

- Tenemos algunos heridos, ninguno de ellos grave- Informó Irok, que había estado recibiendo las transmisiones de los jefes de escuadra- Pero hemos perdido al Inalcanzable y a su piloto.

- Lo sé. Arcos me lo ha dicho antes. 

Los seis Astartes se aseguraron a las abrazaderas de sujección del compartimento de carga del vehículo y el capitán dio la orden de avanzar al conductor. El transporte se puso en marcha con un rugido y el traqueteo de las orugas mientras los Rhinos de la compañía hacían lo propio. Un trío de carros de combate tipo Predator abría la marcha, encabezado por el Land Raider modelo Ares Castigo implacable. Un escuadrón de Whirlwinds cubría la retaguardia junto al Razorback del tecnomarine Arcos, pintado de rojo y decorado con iconos y letanías devocionales dedicadas al Dios Máquina. 

No tardó en unírseles la compañía de Kiskoros, que aportaba otros tres Predator a la punta de lanza y otro escuadrón de artillería, así como una amenazadora pareja de Vindicators. Las aeronaves sobrevolaban los blindados, preparadas para adelantarse en el caso de que se les ordenase dar el primer golpe. 

Los Arcángeles, valiéndose de los potentes motores Lucifer de sus vehículos, se habían adelantado a las fuerzas de La Vanguardia, y estaban listos para separarse y desviarse a sus respectivos destinos una vez llegasen a la Garra. 

Fahajad no veía el momento de ver la fortaleza-monasterio. No se había atrevido a imaginarse la magnitud del asedio, ni la situación de los defensores. Pero si las poderosas defensas de la Garra no podían  repeler a los asaltantes por su cuenta...la situación debía ser seria. 

Ni siquiera se tenía una estimación aproximada del número de orkos que habían aterrizado en Stygia. No era una flota de invasión, y eso lo habían deducido por un sencillo motivo: las naves orkas no se habían detenido a combatir a la Armada Imperial, simplemente habían lanzado piedro tras piedro a la superficie del planeta...o se habían estrellado directamente contra él.

Corría el rumor de que huían de algo que los había derrotado en otro lugar. El penoso estado de las naves alienígenas era la principal prueba que sostenía aquella hipótesis. De ser así, tampoco eran buenas noticias. Si lo que les había vencido iba tras ellos...Stygia sería su próximo objetivo.

Fahajad frunció el ceño. Si otra fuerza atacaba Stygia y la flota de liberación no llegaba a tiempo...

- Irok, ¿Se sabe algo de la Guardia Córvida?- Preguntó en voz alta para apartar de su mente aquellos molestos pensamientos.

- Están respondiendo a todos los frentes que pueden- Respondió el veterano- Probablemente hayan evacuado un gran número de ciudades a estas alturas. 

- ¿No se sabe nada más?

- No, capitán- Se encogió de hombros- Supongo que lo sabremos más adelante.

La Guardia Córvida era la fuerza de defensa planetaria de Stygia. Estaba formada por un gran número de efectivos con un excelente entrenamiento, y gozaba de un material bélico envidiable. Estaban entrenados para responder de inmediato a cualquier amenaza que se cerniera sobre el planeta...pero un ataque orko era un ataque orko. Era tan impredecible como peligroso. 

- Llegada a destino en treinta, capitán- Informó el piloto directamente en el comunicador personal de Fahajad.

- Excelente. Mantén el ritmo- Después contactó con el hermano Niacke, al mando de las aeronaves- Hermano, aterriza cerca del punto de destino. Mantened los motores en marcha, no tardaréis en despegar de nuevo.

- Recibido, capitán. Estamos en ello.

Fahajad apagó el comunicador. El momento se acercaba.

Capítulo dos: La GarraEditar

Fahajad desembarcó de su transporte. El viento, cargado de polvo, le acarició el rostro antes de que se pusiera el yelmo con un gruñido. Odiaba el árido sabor del viento en Stygia. 

Echó a andar hacia Kiskoros, flanqueado por tres de sus escoltas, que lo esperaba cerca de su Razorback. No muy lejos, los vehículos de los Arcángeles se habían detenido en formación y esperaban con ansias la orden de avanzar.

- Es tan fácil verlos...- Murmuró Seghatan- Son blancos fáciles. Demasiado llamativos.

- Forma parte de su cultura, Irok- Explicó Drago. Ambos acompañaban a Fahajad en calidad de escolta- Deja de burlarte de ellos. No has parado desde que entramos en el Razorback.

- Ya sé que forma parte de su cultura. Por eso me burlo de ellos. Su cultura también es una estupidez. 

El campeón de la compañía gruñó y dirigió una mirada cargada de intención a su hermano más joven. Seghatan lo contempló a través de su tétrico yelmo.

- Muestra respeto, hermano- Demandó con autoridad.

Irok resopló y soltó una seca y breve risa. 

- Lo haré cuando me lo inspiren.

Drago iba a responder, pero Fahajad zanjó la conversación con un gesto. Las disputas entre el campeón de la compañía y el veterano eran legendarias por su duración. Y por ser todas prácticamente iguales.

- Fahj, estamos cerca de la Garra- Dijo Kiskoros cuando llegaron a su altura- ¿Listo para el momento de la verdad?

- Lo estoy desde que embarcamos en la Espíritu rapaz.

El capitán de la cuarta compañía rió. Se había quitado el casco, y lo llevaba colgando del cinturón mediante una gruesa cadena magnetizada. Blandía su enorme martillo trueno apoyado en su hombro derecho. A una señal suya, sus escoltas echaron a andar tras ellos, con las armas cruzadas sobre el pecho. Sus espadas y equipos tintineaban con cada paso. Seghatan dijo algo a uno de ellos con tono mordaz, haciendo que éste gruñera. El veterano Astartes soltó otra de sus breves e irónicas risas.

Gabriel y Abhael estaban sobre una cresta rocosa cubierta de vegetación seca, rodeados por un semicírculo de Arcángeles que los escoltaban. Cerca de ellos, su tecnomarine se afanaba en reparar los daños de uno de los Predator Baal, acompañado de una comitiva de servidores. Tormentaroja oteaba el horizonte con un magnocular ricamente decorado mientras su camarada capitán esperaba con impaciencia.

- ¿Qué ves, Tormentaroja?- Saludó Fahajad al llegar hasta ellos.

- ¿Una horda de pieles verdes atacando nuestra fortaleza monasterio, quizá?- Replicó con ironía Kiskoros- Deja eso, maldita sea. No hay nada que no sepamos ya.

Fahajad dirigió una fugaz y severa mirada a su hermano, pero no se percató de ello.

- Planeemos nuestro siguiente movimiento- Dijo- Rápido, no hay tiempo que perder.

- Es una fuerza importante- Empezó Gabriel- Pero parecen los restos de una más grande...

- ¡Je!- Saltó Irok por el canal privado entre Fahajad, Drago y él- Todo un genio.

- De todas formas, he visto que su retaguardia no está muy nutrida- Continuó el Arcángel, ajeno a las burlas de Seghatan- Son principalmente dotaciones de las armas de asedio. También hemos visto pisoteadores.

Fahajad sacó una placa de datos y consultó el mapa en tiempo real que El estratega les estaba transmitiendo desde La Garra. 

- Yo cuento seis. Ocho.

- Tenemos armamento antiblindaje, derribémoslos en cuanto estén a tiro, o nos darán problemas- Apuntó Kiskoros, apoyando la cabeza del martillo en el suelo. 

- Sería lo mejor. No quisiera que me matase un monigote de chapa mal soldada- Abhael esbozó una sonrisa perturbadora, mostrando sus colmillos- Yo me ocuparé de su artillería. Serán unos bonitos fuegos artificiales cuando hagamos estallar su propia munición.

Irok ladeó la cabeza ligeramente y gruñó, divertido.

- Monigotes de chapa mal soldada...- Murmuró- Gilipollas.

- Ya basta, Irok- Lo reprendió Fahajad por el canal privado. Miró a Abhael- Ocupémonos cada uno de nuestra zona y de su artillería. Si acabamos con las dotaciones y ocupamos sus posiciones no podrán usar los cañones de asedio. Nos ahorraremos el riesgo de estar expuestos a la explosión de las municiones.

El Arcángel se encogió de hombros.

- Es otra opción.

- Nuestros vehículos son más rápidos. Llegaremos antes y atraeremos a la mayor parte de la horda- Informó Gabriel, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a sus carros de combate.

- Y nosotros romperemos sus líneas- Apuntó Kiskoros- Me parece adecuado. 

Tormentaroja asintió. Su servoarmadura estaba manchada de sangre y restos de carne desgarrada.

- Será una batalla difícil, pero podremos hacerlo si los aislamos.

- ¿Y cuando es fácil, hermano? - Saltó Abhael con un brillo asesino en su mirada- Esto solo significa que tendremos más morrala verde que matar.

Fahajad se extrañó al no oír ninguna respuesta por parte de Irok. Se acordó de que le había ordenado callarse. 

- Sea pues- Gabriel desenfundó su espada y saludó con ella- Honor y gloria, hermanos. Aplastemos a esas bestias en el nombre del Emperador.

Fahajad se llevó un puño al pecho, saludando al estilo de La Vanguardia.

- Nos vemos en los fuegos de la guerra, Arcángeles.

- Que no os devore la morralla verde- Rió Kiskoros mientras se alejaban.

La bravucona respuesta de Abhael no se hizo esperar.

- ¡Te repetiré eso cuando comparemos cuantos centenares de orkos he matado más que tú!

Irok no pudo resistirse. Abrió de nuevo el canal privado.

- Ahora en serio, capitán. ¿Ese individuo tiene algún retraso?

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